Árbol de Diana, ausencia y pérdida de Alejandra Pizarnik

Ilustración. Alejandra Trazos. Ilustración. Alejandra Trazos.

Fernando Salazar Torres

Fernando Salazar Torres (Ciudad de México, 1983) es Licenciado en Filosofía y Maestro en Humanidades por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM-I). Ha publicado ensayo y poesía en diversas revistas nacionales y extranjeras. Fue subdirector de la revista literaria el golem. Ha publicado los poemarios Sueños de cadáver (2010) y Visiones de otro reino (2015), ambos bajo el sello de El golem editoresCoordina el taller literario CARPE DIEM. Actualmente se dedica a la Docencia.

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En esta hora inocente

yo y la que fui nos sentamos

en el umbral de mi mirada.

Alejandra Pizarnik

 

 

Introducción

Toda obra literaria admite distintas lecturas, lo cual no hace imposible su estudio ni tampoco evade el conocimiento de su estética; sin embargo, el análisis sí resulta incompleto, debido a la variedad de teoría existente para aplicarse a la obra de creación. La dificultad se hace más laboriosa, si se suma a la disertación el mito o personalidad del autor, tal como lo expresa la psicocrítica.[2] La mayor parte de la crítica orienta sus estudios a la figura de Alejandra Pizarnik, argumentando que la obra no se comprende sin la vida y que la vida no se explica sin la obra. Desconozco qué tan afortunado es este pensamiento para abordar el examen de algunos de sus poemarios; a pesar de ello, me parece que siempre en la obra literaria existen rasgos de biografía, ya sea que los escritores los realicen de manera consciente o inconsciente como parte de su proyecto.

La importancia y restricción de mi examen radica en la revisión, desde el psicoanálisis, del poemario el Árbol de Diana (1962), el cual consta de 38 poemas muy breves. El tema principal de dicho libro son la muerte y el desdoblamiento de Pizarnik. Ella es quien padece su muerte. El juicio se inclina a emplear algunas categorías conceptuales del artículo “Aflicción y melancolía” (1917), de Sigmund Freud, al poemario para observar los rasgos de la ausencia y la pérdida. Como la idea principal consiste en la fragmentación y desdoblamiento del yo lírico, se revisa la teoría del espejo de Jacques Lacan (1966), asimismo la importancia del doble y el fantasma. También se piensa en la importancia del título y la simbología del árbol para una comprensión más completa del poemario, rasgo del cual carece la crítica sobre Pizarnik.

 

La melancolía de Pizarnik [3] 

Me parecen pertinentes los conceptos de aflicción y melancolía, usados por Freud (1986), los cuales describen los síntomas de la pérdida de alguien, en la mayoría de los casos una persona querida, si bien no se restringe solo a eso. Este es uno de los temas del Árbol de Diana. El psicoanalista expone que la aflicción o duelo es una reacción ante la ausencia de alguna persona o de alguna abstracción equivalente; es un dolor cuyo objeto alejado, sea por muerte física o por mal ideal, es inasible. Estos mismos síntomas ocurren en otras personas en las que, en lugar de la aflicción, se manifiesta la melancolía. Esta enfermedad la explica Freud caracterizada, psíquicamente, “por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución de amor propio” (Freud, 1986: 215). La diferencia entre aflicción y melancolía es tenue, pues en esta enfermedad el amor propio es nulo. Esta supresión provoca en el yo una inhibición y una restricción por no poder sustituir el objeto amoroso extraviado. El afligido sabe la razón de su mal, y el mundo se presenta empobrecido; el melancólico no distingue, claramente, lo que ha perdido, es decir, no es consciente y es su yo quien ofrece esa destrucción del mundo.

La aflicción se caracteriza porque la persona que sufre la pérdida, adopta y refleja algunos rasgos de la persona ausente a su propia personalidad. Considero conveniente adecuar la explicación que hace Freud sobre los rasgos del duelo y la melancolía con el planteamiento estético del Árbol de Diana, en torno a la identificación entre el sujeto que sufre el abandono y el sujeto de la ausencia. Ambos sujetos pertenecen a Pizarnik. El yo se divide en dos, y este fenómeno causa el desequilibrio en el mundo que observa el sujeto poético.

La doble personalidad se unifica porque la adaptación entre la parte real y la parte mental adquieren rasgos comunes.[4] Esta manía se manifiesta a lo largo del poema. Pizarnik es la ausente y, al mismo tiempo, es quien sufre la falta. La poeta está y no está presente como sujeto discursivo. Sören Kierkegaard (2002) define al yo como la síntesis de una relación y la síntesis la explica como una relación entre dos términos. Si el yo es una síntesis, entonces el yo es la unidad que se constituye en la relación que se refiere a sí misma. Los dos términos de la síntesis del yo son el propio yo y la identidad consigo mismo. Por otra parte, ese yo puede sufrir una crisis, a la cual denomina desesperación, manifestada por la discordancia de los términos de la relación. Ello significa que el yo irrumpe la relación por falta de identidad, lo que ocasiona la desesperación. Ese es el mal del cual sufre Pizarnik, porque el yo la abandona y la inestabilidad de su unidad sugiere la muerte.

 

1

He dado el salto de mí al alba

He dejado mi cuerpo junto a la luz

Y he cantado la tristeza de lo que nace.

(Pizarnik, 2003: 4)

Aunque esa significación ambivalente se presenta en la escritura de manera paulatina, el poema que da inicio al libro plantea el abandono material, a saber, el cuerpo. Esta primera ausencia como parte de la semántica del espacio poético, origina una abstracción cuando ese abandono pasa al nivel metafísico. Después es la memoria como capacidad de recuerdo, la que espera la llegada de aquello que fue abandonado y que, ahora, ya es sombra. Ella, Pizarnik, es quien habla de sí misma como si fuera otra,[5] en el momento en que la metamorfosis supone un desdoblamiento, o bien, una doble personalidad.

 

6

ella desnuda en el paraíso de su memoria

ella desconoce el feroz destino de sus visiones

ella tiene miedo de no saber nombrar lo que no existe

(Pizarnik, 2003: 5)

Cabe destacar que, retóricamente, dicho recurso lingüístico se logra porque el sujeto de la locución cambia entre una oración y otra —de la primera persona del singular (en el poema 1) pasa a la tercera persona del singular (en el poema 6)—. Pese a esto, el fenómeno retórico no interesa abordarlo en este estudio, sino comprender que la obra implica un desdoblamiento y la ruptura del yo lírico, como fue sugerido con el planteamiento de la desesperación de Kierkegaard. Ocurridos la escisión, el reflejo, y el juego de espejos, que se manifiestan en el desplazamiento del yo a otro yo, se genera una búsqueda para volver a adaptar la relación de los términos del yo.

A lo largo del discurso poético, la autora se asume como otra, como un desconocimiento y una afirmación, que sufre cambios espaciales, metafísicos y de identidad. “Muere de muerte lejana/ la que ama al viento” (2003: 5), expresa al referirse a sí misma. La pérdida de sí es una abstracción que es aplicable tanto al duelo como a la melancolía. En relación con el primer término, el duelo, la característica principal consiste en estar alejada de la realidad, y ello hace más notable el detrimento del objeto amoroso. En relación con el segundo concepto, la melancolía, el sentimiento es una reacción a la ausencia del objeto amado, no necesariamente muerto, porque en ocasiones la falta se presenta de manera ideal y, por tanto, es una separación o fragmentación del sujeto.

En ambos conceptos se manifiesta, psíquicamente, el dolor y, en ellos, se expresa una irrupción en el interés por el mundo exterior, el abandono de sí por la incapacidad de amar —“un viento débil lleno de rostros doblados/ que recorto en formas de objetos que amar” (Pizarnik, 2003: 6)—, la inhibición de las funciones todas y, finalmente, la disminución del amor propio. Resulta, pues, que el melancólico asume como propias ciertas características del objeto amoroso, por lo cual, volver a la adaptación del yo con el yo perdido, ocasiona el desdoblamiento de Pizarnik, expresado, lingüísticamente, en diversas metáforas.

Ahora

en esta hora inocente

yo y la que fui nos sentamos

en el umbral de mi mirada

(Pizarnik, 2003: 6)

 

El camino del espejo

La metáfora principal del poemario es la muerte de la poeta. Esa idealización de sí misma como una ausencia, sugiere una analogía que es preciso interpretar dentro de los mismos poemas. A lo que antes nombré como ambivalencia y doble personalidad, ahora, se comprende bajo el concepto de analogía, cuya figura retórica es la relación semántica entre dos ideas que pueden ser contrarias o no, y con este sistema de correspondencias se formulan las metáforas del Árbol de Diana.

Una de dichas metáforas es la del espejo, que forma parte de la isotopía del texto, y significa la noción de desprendimiento o reflejo, en el uso lingüístico, semántico y temático del poemario. Es precisamente el espejo la causa por la cual se fragmenta el yo lírico y se busca la unidad personal, diluida a consecuencia del duelo y la melancolía. Es una transformación que pasa de lo material a lo espiritual: “explicar con palabras de este mundo/ que partió de mí un barco llevándome” (Pizarnik, 2003: 7).

La expresión del poema citado más abajo indica el uso obsesivo de ciertas relaciones, que se superponen para construir otras semejantes y contiguas. Tal forma de análisis corresponde a la psicocrítca de Mauron; aunque su metodología compara distintas obras del mismo poeta, no creo inconveniente comparar y suponer algunas metáforas, en el poema en cuestión, para demostrar la diferencia de sus relaciones. En distintas partes del libro es visible ese cambio en la significancia, no obstante en otras permanece oculto ese nivel de isotopía. Lo latente se desvela a medida que se revisan y analizan los campos semánticos y poéticos a los que pertenecen las palabras. Dicha labor se practica mediante la metonimia y la metáfora.[6]

El código de los términos silencio, silenciosa y sombra están presentes en el poema 3, los cuales, por su semejanza semántica y expresiva, denotan el no encuentro al que se refiere la poeta. Más adelante, en el poema 16, esa referencia aparece bajo el concepto soledad, cuando dice de sí como otra: “has terminado sola/ lo que nadie comenzó” (Pizarnik, 2003: 8). Por otra parte, también en el mensaje se expresan palabras adyacentes, que por sustitución corresponden a distintos niveles semánticos, pero que participan de un mismo rango de isotopía para otorgarle una homogeneidad al poemario. La muerte es uno de tales campos semánticos. Las dicciones memoria, sombra, viajera, ausencia, palabras y espejo se suplen entre sí, en distintas partes, para darle unidad al texto y sugerir, de esta manera, la idea de muerte. Puede consultarse el poema 8, en el que la incertidumbre es un lugar de la memoria donde vagabundea la sombra, símil de Alejandra, del doble y del espejo, siempre y cuando se comparen con otros poemas, como por ejemplo el 14 y 17. El primero de ellos es un miedo a la muerte que se traduce en no poder decir la palabra; el segundo es claro por la imagen de la autómata, y por la ambigüedad que se establece, entre el sonambulismo y el funeral del sujeto de la enunciación.

La transnominación y similitud de los campos semánticos corresponden a la ambivalencia de la locución; el sujeto poético practica la sustitución y repetición de entidades lingüísticas para hacer más expresa la idea de desdoblamiento.

 

14

El poema que no digo,

el que no merezco.

Miedo de ser dos

camino del espejo:

alguien en mí dormido

me come y me bebe.

(Pizarnik, 2003: 7)

 

El símbolo del espejo permite comprender la identificación y visión del yo como un tú. Ese rasgo es explícito cuando en el enunciado, el yo se refiere a sí como un tú, o bien, en el momento en que el yo se expresa en tercera persona, como en el poema 14.[7] Estas entidades lingüísticas reconocen la transformación no solo espacial, sino también temporal y metafísica. El movimiento espacial se observa con los cambios de lugar, el cambio temporal con las variaciones que han sufrido las cosas mismas y, finalmente, el metafísico por la muerte del sujeto de la enunciación. Entonces, “el sujeto se funda en una alineación forzada que se manifiesta como el revés de la implicación del cogito cartesiano” (Moustafa, 2008: 118).

La expresión cogito ergo sum de René Descartes expone la ontología del ser, pero a este planteamiento lógico, Lacan le aplica su negativa y queda de la manera siguiente: o no yo pienso, o yo no existo. Lacan sostiene que es la mejor traducción que se puede dar del cogito cartesiano como punto de cristalización del sujeto del inconsciente, porque corresponde a una ontología del ser del yo y no del ser. No pensar o no existir exigen un extrañamiento y la alienación del sujeto. En parte, en ello consiste la lógica del fantasma, pues la fragmentación del cuerpo, con sus faltas, sueños y mundo visible, se presenta como un doble o espejo que se proyecta desde el yo. Es la imagen del cuerpo propio lo que corresponde al imago, el cual manifiesta realidades psíquicas y proyecciones que derivan del espejo. Si bien se ha insistido mucho en la desintegración de la identidad, correlativamente a eso ocurre una búsqueda de la semejanza entre los términos del yo, a lo cual puede denominarse, bajo los conceptos lacanianos, como “la formación del yo [je]” (Lacan, 1980: 15). Sería, pues, intentar salir de la desesperación y de la escisión del yo.

 

Árbol de Diana, una simbolización del equilibrio

 

Como parte de la unidad textual, el título presume un significado y orienta el análisis a descifrar los símbolos contenidos en él, por lo tanto, es necesario relacionar esa simbología con el tema del poema. Para ello se revisaron dos diccionarios que ayudaron a diagnosticar lo que significa cada uno de los elementos del título: el árbol y Diana. Según Hans Biedermann (1996), el árbol “es, al igual que el mismo ser humano, una imagen del ser de dos mundos”. Dicha correspondencia vincula lo divino y lo humano, el infinito y lo finito, arriba y abajo, universo y tierra. Esta serie de relaciones implica el equilibrio y, quizá, la regeneración, si es posible pensar en una descompensación entre los dos términos que conforman la unidad. Como puede deducirse, el árbol también se refiere a la analogía y a la dualidad, por lo cual, el árbol, en el poemario, simboliza la unidad y la síntesis del yo; aunque ese mismo árbol, eje rector, puede padecer la ruptura de su unidad, tal como ocurre con el sujeto poético, también es posible su regeneración, la formación del yo. José Felipe Fernández-Checa (2001), propone otra explicación, a saber, el árbol reúne en sí los cuatro elementos: el agua, la tierra, el aire y el fuego. En general, considera dos significados simbólicos: eje del mundo y paralelismo con la vida.

Ambas definiciones tienen como argumento la unidad, conformada por dos términos cuya síntesis establece un orden, mismo que se desestabiliza cuando el espejo representa la irrupción en el yo. La síntesis queda liquidada y la búsqueda de volver al orden provoca la desesperación, que culmina, finalmente, en la muerte de la poeta y, por lo tanto, con la parte infinita del árbol. Destruida la unidad, lo que resta es “un agujero en la noche/ súbitamente invadido por un ángel” (Pizarnik, 2003: 10).

La otra parte de la relación corresponde al presumible mito de Diana, nombre latinizado de Artémis. Robert Graves (2007) proporciona datos que hacen pensar en el significado del mito. Según esto, Artémis es hija de Zeus y de la mortal Leto, quien fue perseguida por la serpiente Pitón, enviada por Hera, para impedir el alumbramiento, que se efectúo favorablemente en Ortigia, cerca de Delos. Al nacer Artémis “ayudó a su madre a cruzar los angostos estrechos, y allí, entre un olivo y una palmera que crecían en el lado septentrional del monte Cinto, dio a luz a Apolo tras nueve días de parto” (Graves, 2007: 69). También es considerada diosa virgen y del nacimiento, lo cual hace pensar en la relación que pueda existir con el Árbol de la Vida.

Las explicaciones del árbol como representación de los contrarios pueden ser infinitas, y para ser más breve, me interesa recuperar una relación que, únicamente, se ha mencionado de forma implícita: vida y muerte. El árbol, fuente de vida, y Diana, la que ayuda a los nacimientos, son aspectos presentes en la obra de Pizarnik de modo latente, y se hacen evidentes a través del examen de sus metáforas y metonimias.

Finalmente, el sujeto poético se relaciona con los símbolos expuestos en la textualidad y en la semántica, porque el desequilibrio del yo lírico, además de estar expresado lingüísticamente, también se encuentra en la unidad constituida en la isotopía. La figura Pizarnik es símil del árbol porque conforman una analogía, que funciona como metonimia, porque el predicado es concedido a sujetos distintos e, incluso, por la semejanza existente entre varios de sus términos. Cabe mencionar que, el desplazamiento, condensación, identificación, transferencia y simbolización se articulan de forma latente entre el yo de Pizarnik y el árbol. Así como se presupone un equilibrio que se desplaza a una inestabilidad, la vida termina con caer, y esa caída implica la muerte.

Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche, déjate caer y doler, mi vida.

(Pizarnik, 2003: 13)

 

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Ilustración de portada.  Alejandra Trazos

 

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Bibliografía

Álvarez Colín, Luis (2003), Hermenéutica analógica, símbolo y psicoanálisis, México, Ducere.

Biedermann, Hans (1996), Diccionario de símbolos, Barcelona, Buenos Aires-México, Paidós, pp. 41-43 y 151-152.

Burton, Robert (2006), Anatomía de la melancolía, Madrid, Alianza.

Fernández-Checa, José Felipe Alonso (2001), Diccionario de ciencias ocultas, Madrid, Espasa, pp. 201-203.

Freud, Sigmund (2004), El yo y el ello, Madrid, Alianza.

_____________ (1986), “La aflicción y la melancolía”, El malestar en la cultura, Madrid, Alianza, pp. 214-230.

Graves, Robert (2007), Los mitos griegos, 1, Madrid, Alianza.

Jakobson, Roman y Juan Ángel Magariños de Morentin (1973), ”Dos aspectos del lenguaje y dos tipos de afasia”, Semiología, afasia y discurso psicótico, Buenos Aires, Rodolfo Alonso.

Kierkegaard, Sören (2007), El concepto de angustia, Madrid, Alianza.

Lacan, Jacques (1966), Seminario 14. La lógica del fantasma, Asociación Lacaniana Internacional.

Lacan, Jacques (1980), Escritos, i, México, xxi.

Mauron, Charles (1963), Des métaphores obsédantes au mythe personnel. Introduction à la psychocritique, J. Corti, Paris.

Mehlman, Jefrey (1981), “Entre el psicoanálisis y la psicocrítica”, en Juan M. Azpitarte Almagro (ed.)(1981), Psicoanálisis y crítica literaria, Madrid, Akal, pp. 31-66.

Moustafa, Satovan (2008), Lacaniana: los seminarios de Jacques Lacan, 1964-1979, Madrid, Paidós, pp. 117-140.

Pizarnik, Alejandra (2003), Árbol de Diana, Buenos Aires, El Salvaje Refinado.

Real Academia de la Lengua Española (2011), Ortografía de la lengua española, México, Planeta.

Villalobos, J. Pablo (2007), “Alejandra en el país de lo no visto (a propósito de Árbol de Diana de Alejandra Pizarnik”, en Signos Literarios, núm. 5, enero-junio, pp. 109-128.

Notas

[1]  En el escrito presente me sujeto a la nueva ortografía que la Real Academia de la Lengua Española ha sugerido en la nueva edición de 2010.

[2]  Charles Mauron (1963) avanza desde un camino diferente hacia el estudio de la literatura, basado en algunos descubrimientos de Freud, y amplía la comprensión de las obras literarias. Particularmente se centra en la genética de las metáforas, considerando la biografía y el inconsciente con el resto del proyecto literario. Jefrey Mehlman (1981: 46-66) explica el método psicocrítico como un análisis de la metáfora, en cuyo constructo participa el inconsciente del poeta. Lo interesante de esta crítica radica en descubrir cuáles son las imágenes y metáforas más constantes y, por lo tanto, obsesivas, mediante el diagnóstico de la semejanza y contigüidad entre ciertas palabras o símbolos. Ello permite registrar el cambio que sufren las propias metáforas. No hay que olvidar que tales modificaciones en las palabras corresponden al empleo de la metonimia y la metáfora. Sobre esto último véase Roman Jakobson (1973).

[3] La melancolía es uno de los males más antiguos registrados. Proviene de la palabra griega μέλας, que significa negro y χολή, que es bilis. Robert Burton (2006) realiza una descripción de sus síntomas y características, de la misma manera presenta una teoría en torno a este síntoma. En un principio fue considerada un humor. De los primeros en efectuar escritos sobre ella fue Galeno, quien no supo decir de dónde procedía o cómo se originaba en el cuerpo. Otros tantos autores, antiguos y modernos, dice Burton, han equivocado y confundido entre melancolía y locura. Para leer la historiografía y la clase y tipos de melancolía véase Burton (2006: 65-206).

[4] Frédérick Pellion (2000: 137-169) expone de manera sucinta los orígenes de la formación del concepto de melancolía. Realiza una revisión de los textos más antiguos, orientando su hipótesis a la descarga de libido como uno de los factores del síntoma. Por otra parte, también supone que, desde un inicio, la reflexión freudiana sobre la melancolía está acompañada por la pregunta del correlato intrasíquico del objeto sexual o perdido.

La cuestión de la identificación, por cuyo intermedio se confiere a ese correlato igual objetividad —en el sentido del mismo poder de realización— que la atribuida al propio objeto, es por lo tanto indisociable de ella desde el comienzo. Desde ese punto de vista, podemos considerar Duelo y melancolía, redactado veinte años antes que el escrito G, como portador ante todo, de una nueva tentativa para reexaminar el papel de garante del objeto exterior, pero de un objeto que ahora se presenta como faltante y ya no como lo que remedia (2000: 141).

[5]  La presencia de la conceptualización del yo de Arthur Rimbaud está registrada en el Árbol de Diana. Rimbaud dijo Je suis autre en una carta dirigida a Durmé.

[6]  Roman Jakobson (1973) presenta su estudio de la metonimia y la metáfora como la selección y combinación de las unidades lingüísticas a través de lo adyacente y lo semejante de los términos. En la selección las entidades lingüísticas se asocian en el código y están ligados entre sí por distintos grados de similitud (metáfora). Contrario a ello, en la combinación las entidades se asocian en el código y en el mensaje mediante una serie de alternancia y contigüidad (metonimia).

[7] El lector puede reconocer estos rasgos lingüísticos en los poemas 16, 17, 19, 20, 22, 28, 34 y 36. Me parece excesivo citar todos los ejemplos, por lo cual solicito al lector revisarlos. Baste señalar, solo dos de ellos, que pueden servir como orientación para definir dicha característica de la escisión del yo.

17

Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días, sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta, se cuenta casas y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me lloro en mis numerosos funerales. Ella es su espejo incendiado, su espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nombres creciendo solos en la noche pálida.

(Pizarnik, 2003: 8)

Este poema demuestra lo que son las transformaciones o metamorfosis espaciales, temporales y metafísicas. La autómata se canta, se llora y es el espejo ya muerto, ya quemado. El traslado del espejo como reflejo al espejo como cenizas supone un cambio de tiempo y, por tanto, un cambio en el ser de Pizarnik. Ella se asume como viajera, la que sufre las modificaciones.

 

34

La pequeña viajera

moría explicando su muerte

 

sabios animales nostálgicos

visitaban su cuerpo caliente.

(Pizarnik, 2003: 12)

 

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