El filósofo de hoy es cobarde

Fotografía de Ana Vértiz Fotografía de Ana Vértiz

Entrevista a Carmen Rovira

(Segunda parte)

Por Héctor Luna

 

Doctora Carmen Rovira, ¿hay algo que deban replantearse los investigadores que estudian la  filosofía mexicana?

Es muy comprometedora esa pregunta. No quiero ofender a nadie ni quiero pensar que yo tengo la razón, porque a lo mejor no la tengo, pero yo creo que hay que dejar a un lado el ensayo. Yo encuentro el ensayo muy peligroso, porque hablas de alguien sin fundamento. Es decir, haces un ensayo, pongamos, sobre Alfonso Reyes y te quedas en la superficie. Es un vicio. Yo estoy contra el ensayo.

Lo que hay que hacer es investigación. Pero, claro, el ensayo lo acabo en cuatro días, y la investigación puede durar años. En la investigación tienes que ir a bibliotecas de provincia, tienes que vértelas con textos llenos de polvo y te llenas de polvo porque nadie los ha abierto. La investigación es muy dura y tienes que tener mucha disciplina.

En cambio, en el ensayo no tienes eso. En el ensayo dices cosas muy bonitas sin fundamento. El ensayo no es investigación. Punto.

¿Y por qué decidió estudiar filosofía?

Fíjate qué curioso, se van a reír de mí. En la preparatoria a mí me encantaba la biología y mi maestro era Carlos Velo, emigrado español (yo también soy hija de emigrados y lo digo con orgullo: salimos por no estar con Franco en España) ¡Me fascinaba la biología! Y entonces el  maestro Velo me decía: “Vas a estudiar biología”, “Sí, doctor,  yo estudio biología”.

Y luego, en la Academia Hispano Mexicana fundada por emigrados, también estaba el maestro Rubén Landa; él era socialista, había luchado en la guerra civil y era un maestro estupendo. Él nos explicaba a Descartes y yo le dije un día: “Yo quiero estudiar eso”. Nos enseñaba El discurso del Método y Las meditaciones metafísicas. “Pues estudia filosofía”, respondió. Y empecé a dudar entre la filosofía y la biología, entre  dos grandes maestros: Carlos Velo o Rubén Landa. Y pudo más Rubén Landa.

Fotografía de Ana Vértiz
Fotografía de Ana Vértiz

Usted pasó parte de su infancia en la Guerra civil española, sufrió el exilio y vivió como refugiada aquí en México, ¿de qué manera todo esto ha influido en la filosofía que ha desarrollado?

Permíteme que nombre a mi padre. Yo lo admiro porque me enseñó a respetar la libertad y la justicia, me enseñó que es lo mejor que puede haber y que hay que respetarlas. Y creo que esa libertad y esa justicia, si las respetas, da lugar a un humanismo. Porque ahí va implícito el respeto al otro. El otro tiene tanto derecho como yo. Yo creo que eso son las bases de un humanismo.

También ha dicho que no existen las filosofías puras, sino que siempre son producto de un tiempo, de un lugar y del contexto que a cada uno le toca vivir.

Totalmente. Encuentro la filosofía pura, absurda. Me imagino al filósofo trepado en un árbol y queriendo hacer filosofía. No hay filosofías puras. La filosofía, y ahí estoy totalmente de acuerdo con el maestro Adolfo Sánchez Vázquez, es fruto del contexto, de la inquietud, de la problemática que hay a mi alrededor.

En ese sentido, ¿cuál es la importancia social de la filosofía?

La filosofía es formativa, profundamente formativa y la sociedad o le tiene miedo o se ríe de ella. Pero yo creo que se ríen porque le tienen miedo. Le tienen miedo porque puede descubrir verdades que pueden ser muy revolucionarias. Acuérdate, siempre detrás de un movimiento revolucionario hay filosofía. Búscalo, desde los griegos hasta la Revolución mexicana. Creo que la filosofía es necesaria. La filosofía como visión crítica de la vida.

¿Qué papel considera que deben jugar los filósofos en un momento como el que estamos viviendo en México, por ejemplo, en un contexto de violencia generalizada, de corrupción en la clase política, de pobreza extrema?

Mira, yo ahí me autocritico mucho y creo que somos muy cobardes, terriblemente cobardes. El filósofo, y es terrible esto que voy a decir, actualmente es cobarde, porque no da la cara. Bueno, yo no me siento filósofa, yo apenas soy una aprendiz de la filosofía: ni me siento, ni me he sentido, ni me sentiré filósofa. El filósofo de hoy no plantea algo que deba hacerse.

Fotografía de Ana Vértiz
Fotografía de Ana Vértiz

¿En México quiénes fueron los últimos que sí se atrevieron?

Para mí Severo Maldonado lo hizo, dio la cara, se comprometió. José Luis Mora en algún momento, pero poco. Vuelvo a los jesuitas criollos, ellos sí dieron la cara y se comprometieron.

Usted menciona también en su obra al cura Miguel Hidalgo.

¡Hidalgo también! ¡Se me olvidaba! La célebre disertación de Hidalgo es admirable. Porque se ha dicho que Hidalgo no fue filósofo y es un error. Hidalgo fue filósofo. Y hay que conocer su disertación donde expone claramente su posición.

Menciona a los jesuitas criollos, a Severo Maldonado, al cura Hidalgo como filósofos realmente comprometidos con la problemática social; al mismo tiempo los jesuitas son precursores de la filosofía independentista: Severo Maldonado fundamenta la Independencia de México; Miguel Hidalgo la encabeza con bases filosóficas. Esos son ejemplos de una filosofía mexicana revolucionaria, ¿estaría de acuerdo en que la filosofía mexicana debería retomar ese carácter revolucionario?

Sí, yo creo que sí. Por eso digo que tenemos miedo, y está muy mal tener miedo. La filosofía debería enfrentarse a todo lo que está pasando, debe enfrentarse a su tiempo. El padre Concha, dominico, publica muy buenos artículos criticando lo que está pasando. Gabriel Vargas, en su Observatorio Filosófico, también hace crítica.

Pero es muy poca. No hemos hecho nada.

En un tema más actual, ante el triunfo de Donald Trump ha resurgido un nacionalismo mexicano, ¿cree que es necesario volver a él?

Tendría que ser un nacionalismo auténtico, no de teatro: ¡Ay, el indio! Sí, lo abrazo. ¡El mestizo! Eso es puro bla bla bla y es lo que quiere la mayoría de la gente, porque no nos comprometemos. Pero yo creo que hay que buscar otro nacionalismo, mucho más auténtico, que sería un nacionalismo crítico del nosotros. Trump quiso atacar, pero no pudo, porque se le fue lo mexicano. Lo mexicano no es sólo el mariachi, no es ponerse un sombrero. Es tomar una posición crítica ante sí mismo y ante el mundo, y eso es lo difícil.

Un nacionalismo autocrítico y abierto al exterior, que no se encierra en sí mismo.

Exactamente.

¿Qué extraña de España?

Nada. Yo me siento mexicana cien por cien. Es más, los españoles se enojan conmigo, porque yo en España me siento extranjera. No es mi país. Me encanta, sobre todo Salamanca, la universidad, el convento de San Esteban, ahí estudió Vitoria y Fray Bartolomé de las Casas, me encanta, pero allá yo no me siento en mi país, me siento extranjera. Yo me siento acá, en México.

México es mi patria realmente. Me encanta la música ranchera y los boleros, pero primordialmente el mariachi me llega al alma , esa trompeta del mariachi para mí es todo.

Fotografía de Ana Vértiz
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