El nahual

Las cosas siempre le salían como quería a Fernando Tavira. Siempre se salía con la suya. Con trampas y engaños, con juegos sucios y palabras traicioneras, Fernando ganaba. Pero siempre hay alguien que sabe más trucos y trampas, y para quien la sangre y la muerte son sólo un juego más.

Fernando era el jefe de un equipo de arqueología que se especializaba en la zona maya, desde Yucatán hasta Guatemala. Acababan de abrir una nueva excavación alrededor de un viejo templo donde se hacían sacrificios humanos al dios de la muerte, Yum Kimil. Fernando había luchado por años para conseguir los permisos de excavación.

Llevaba dos agradables semanas lejos del hogar, trabajando arduamente en las mañanas, bebiendo agua ardiente por las tardes y poniendo sus manos en cualquier bella indígena que se dejara, cuando su esposa y su única hija llegaron de sorpresa. Amaba profundamente a su hija y sobrellevaba a su esposa. Un poco molesto, Fernando intentó poner buena cara a la situación.

En la tercera semana ya no habían encontrado nada más que cazuelas de barro y algunos utensilios comunes. Fernando estaba desesperado y ordenó que se abriera un cuarto boquete debajo de la cuesta donde se ubicaba el pequeño templo, con la teoría de que las lluvias y algún terremoto hubieran podido llevar algunas cosas colina abajo. Empezaron a encontrar cosas más valiosas. Pequeñas estatuillas, armas de obsidiana y una que otra joyería. Al quinto día de abierto el boquete, Fernando hizo un descubrimiento maravilloso. Tres hermosas estatuillas de Yum Kimil labradas en jade, con incrustaciones de oro hermosamente trabajadas.

Fernando estaba atónito. Nunca en toda su vida como arqueólogo hubiera esperado encontrar algo así, ¡eran de un precio incalculable! Embriagado de avaricia, guardó la más bella en su morral y corrió a mostrar las otras dos a sus colegas. Dio dos días de descanso para celebrar, escondió la estatuilla en la caja fuerte del hotel y se fue con su esposa e hija a un bello cenote escondido en la selva. La suerte nuevamente le había sonreído a Fernando Tavira.

En el cenote comenzó a beber, aullando y riendo alegremente. Su esposa y su hija compartían su alegría y los tres se bañaron en el precioso cenote. Acabó completamente ebrio, hablándole a su esposa de la nueva casa en la playa que comprarían y exageraba hablando de vacaciones interminables y etílicos sueños de grandeza. Cuando quisieron regresar, el anochecer ya cubría con su manto la densa selva chiapaneca. Aunque conocía perfectamente los senderos, la selva de noche es muy engañosa y borracho como estaba, acabaron perdiéndose. La noche la pasaron escondidos entre el follaje de un árbol, por temor a los animales que aullaban, siseaban y se arrastraban a los alrededores. Su esposa e hija lloraban desconsoladas. Fernando las tranquilizaba, diciéndoles que había dormido incontables veces en la selva y que mañana encontrarían el camino. Pero dentro de sí, Fernando también tenía miedo.

Al día siguiente no pudo encontrar el sendero. Ni al día siguiente. Y cada día se internaban más en la selva. Con los dos días de descanso que había dado en el campamento, nadie se pondría a buscarlos. Su hija Carolina se enfermó de fiebre selvática. Tendría que llegar a la civilización en menos de veinticuatro horas. La cargó en brazos y avanzó desesperado seguro de que ella moriría.

Pero la suerte parecía sonreír nuevamente a Fernando Tavira. Cuando había perdido toda las esperanzas, cuando su hija estaba de color verde, con los ojos en blanco, sacando espuma por la boca y sus brazos estaban tan rígidos y entumidos como las ramas de un árbol, llegaron a una pequeña aldea perdida entre la selva. Los habitantes eran primigenios, extraños. Más parecidos a animales que a seres humanos.

Unas muchachas los guiaron a una pequeña iglesia que coronaba la aldea. Era una de esas modestas edificaciones hechas en tiempos de la colonia para convertir a los indígenas al cristianismo. Fernando había visto varias de ellas en Chiapas y Guatemala. No había bancas alargadas ni altar, aunque quedaban algunos santos y crucifijos. Los curas se habían ido hacía un par de siglos y su lugar lo habían tomado unos brujos a los que llamaban Nahuales. Fernando sabía que los Nahuales o Chulel, como les llamaban los nativos, eran brujos muy poderosos. Son curadores expertos con un conocimiento basto de plantas y sustancias sanadoras.

La diferencia más importante entre un brujo y un Nahual, es su habilidad para separarse de su cuerpo físico, quitándose alguna parte de su cuerpo (las más comunes son los pies y los ojos) y transformándose en el espíritu de su animal tótem, con el cual tienen una unión íntima. También se cuenta que se pueden transformar en el espíritu de alguna fuerza de la naturaleza, como agua o viento. Destruir la parte removida es la única manera de matar a un Nahual.

El lugar apestaba a sudor rancio mezclado con incienso de copal. Fernando sentía que su estómago quería salirse por la garganta. Su esposa gritaba y lloraba, pero Fernando no le hacía caso y no dijo nada cuando tres indígenas la sacaron un poco bruscamente de la iglesia. Su atención estaba totalmente dirigida al Nahual, que untaba extrañas pastas grasosas en el cuerpo de su hija, rezaba aullando extraños cánticos, la cacheteaba, le ponía yerbas en la nariz y le metía los pies en agua caliente. “¿Qué está sucediendo?” –pensaba Fernando-, “Un indio ignorante está manoseando a mi hija, la está atiborrando de yerbas y llenándole la garganta de incienso, mi hija se va a morir, este indio la va a matar”. Pero no hizo nada. Algo le decía que era su única oportunidad, él no podía salvarla, lo mejor era no intervenir con el trabajo del Nahual.

Carolina se estabilizó. Su piel empezó a ponerse rosada y su respiración se normalizó. El Nahual se acercó a Fernando y lo tomó de las manos bruscamente. Empezó a respirar entrecortadamente. El brujo lo estaba sintiendo, lo estaba leyendo como los adivinos leen las entrañas de los animales. Y entonces supo, supo quién era Fernando, dónde vivía y qué hacía en Chiapas. Y lo que le pareció más importante, supo de la valiosa estatua de Yum Kimil guardad en la caja fuerte del hotel. Entonces habló en perfecto español “Su hija se va a recuperar, señor. Es fuerte”. Fernando estaba aliviado y profundamente agradecido. “Gracias. Le debo la vida, Nahualli”. “Bueno, la vida es demasiado. Pero aquí en la aldea sufrimos mucha hambre. Niñas como su hija han muerto desnutridas. Usted es un hombre de ciudad. Tiene dinero con el que nosotros solo podemos soñar. No le importaría pagar un pequeño precio por la vida de su hija, ¿verdad?”. El Nahual sonrió maliciosamente. “Lo que usted hizo es invaluable. Le pagaré lo que desee, mientras esté dentro de mis posibilidades. “Oh, señor Tavira, le aseguro que está dentro de sus posibilidades, solo tiene que ir a la caja fuerte de su hotel y traer lo que hay dentro. Con eso me consideraré pagado”. Fernando se puso lívido y comenzó a sudar frío. “Me temo que no comprendo”. El Nahual habló, como si ronroneara; “Oh vamos, sabe perfectamente de lo que hablo. ¿No va a escatimar tratándose de la vida de su hija, ¿verdad?”. El Nahual sonrió, chilló y la cara de repente le cambió, con lo que a Fernando le recordó a la cara de un gato erizado; “La puedo matar, ¿sabe? La puedo asesinar en este momento, a ella y a tu llorona esposa. Los dioses beberán su sangre. No queremos eso, ¿verdad? Ande, deme la mano y cerremos el trato”.

 

“¿Cómo supo ese maldito brujo? ¿Cómo lo supo?” -Fernando se preguntaba desesperadamente. Ahora que su hija estaba sana, no quería deshacerse de la estatua. ¡Su mayor hallazgo como arqueólogo iba a acabar en manos de un mugroso indio que apestaba a zorrillo! No lo iba a permitir. Fernando Tavira no perdía. Y menos con un ignorante. Y la desesperación lo abandonaba poco a poco mientras un plan se formaba en su tramposo cerebro.

Al amanecer llegó Fernando a la aldea perdida. Entró a la iglesia con dos policías a su espalda. Afuera esperaban más. Fernando les había pagado una suma sustanciosa. El Nahual gritó “¿Qué está pasando aquí?” Un policía lo sometió y le puso las esposas. “Lo siento señor brujo, pero retener a una persona contra su voluntad y pedir dinero a cambio de ella se llama secuestro. Y es ilegal en este país”. “¡Maldito! ¡Estás maldito Tavira! Pero te advierto, ¡Tendré lo que me pertenece!”  Fernando se estremeció pero se mantuvo firme. “Lo ve oficial. Me está amenazando”. El policía golpeó con su pistola la nuca del Nahual e inconsciente lo subieron a la patrulla, ante las miradas atónitas de todo el pueblo.

“Pinche Nahual, nadie chinga con Fernando Tavira sin salir chingado, pendejo”.

Nadie supo en la zona arqueológica el porqué del apresurado regreso a la ciudad de Fernando Tavira. Se rumoraba un secuestro. Y mientras tanto, el Nahual sufría en una celda insalubre en una prisión insalubre. Pero pronto llegaría la noche. Y la noche era suya.

“Maldito perro blanco. Me engañaste. Me traicionaste. Me humillaste frente a mi gente. ¿Crees que eres mejor que yo, maldito perro? ¿Crees que eres mejor por vivir en la llamada civilización? Yo soy hijo de Yum Kimil. Yo hablo con las montañas y el jaguar obedece a mi llamado. Veo a través de los ojos de los pájaros y las plantas crecen y mueren con mi tacto. Mis manos curan y mi aliento revive a los moribundos. ¿Qué no lo entiendes? Yo no tengo edad, no tengo tiempo ni hora de muerte. ¿Qué no comprendes que para mí los límites de la carne no existen? ¿Qué no entiendes que no soy de carne y hueso sino de espíritu?”

 

El oficial Bonilla llevaba poco tiempo en el cuerpo de policía. Su padre lo obligó a inscribirse y la verdad nunca le había gustado mucho. Aunque ser vigilante de la cárcel no estaba tan mal. Prefería estar ahí, que en las calles o metido en la selva buscando narcotraficantes. Ahí, en cualquier momento podían matarte –pensaba. Entonces escuchó un chillido seguido de un grito. Se levantó con flojera de su silla. “Algún reo alborotador” –pensó- mientras caminaba por el pasillo contiguo.

 

El Nahual cruzó la selva en dos días. Cazó pecarís con el jaguar y bebió agua fresca del río Lacantum con lo tapires. Llegó a su aldea al anochecer y entró en la iglesia. Itzae, su aprendiz estaba frente al fuego, rezando. “Nahualli, te esperaba con angustia. Por un momento pensé que sabían lo que eras y habían quemado los pies y los ojos”. “Los hombres civilizados aun no saben muchas cosas, mi querido Itzae”. Itzae suspiró “Vas a ir por él, ¿verdad?”. “Voy por lo que es mío. Guarda el ojo. Y guárdalo bien ¡No lo estés manoseando y jugando con él”. “No, Nahualli”. “Confío en ti. Sé que lo cuidarás bien”. Y dicho esto, tomó un madero ardiendo e inclinó su cara sobre el fuego. Las cuencas de los ojos se le incendiaron como si estuvieran llenas de gasolina. De su boca salían llamaradas como si fuera un soplete. El Nahual explotó en llamas y voló hacia las nubes, en dirección a la Ciudad de México.

 

 

Un gato llegó la calurosa tarde de un domingo a la casa de los Tavira. Se aceró como gato a las piernas de Carolina, ronroneando amigablemente. Fernando lo sacó y Olivia, su esposa, apoyó la idea diciendo que era un gato un poco siniestro, todo negro y por si fuera poco, tuerto. 

Pero al día siguiente estaba ahí otra vez entre las piernas de Carolina, ronroneando. “¿Me lo puedo quedar papá?”. Fernando estaba absorto en sus pensamientos. Había vendido una pieza arqueológica al mercado negro y el precio lo había abrumado. No podía creerlo. ¿Qué iba a hacer con tanto dinero?. Carolina metió al gato a la casa y aunque Olivia protestó, el gato se quedó. Nadie tomaba sus protestas muy en serio. 

Carolina empezó a tener horribles pesadillas. Se levantaba sudando y llorando. El sueño siempre era el mismo. Un extraño monstruo, peludo, con aliento apestoso y helado salía de debajo de su cama y se encaramaba encima de ella. Ella a pesar de saber que estaba ahí, no se podía mover. Entonces el monstruo entraba dentro de ella y llenaba su cuerpo de una negra sustancia. El sueño se repetía día tras día y Carolina empezó a enfermar.

Lo que parecía al principio una vulgar fiebre se convirtió en algo grave. El doctor Gutiérrez estaba sorprendido. “Nunca había visto algo así. Es una enfermedad sumamente agresiva y no responde ante ningún tratamiento. Al contrario, se intensifica cada vez más. Creo que tendrá que ver a un virólogo”. Olivia estaba completamente desconsolada. “Pero doctor, ¿qué puede ser? ¿qué es lo que tiene mi hijita?”. “Señora Tavira, no tengo idea. La única enfermedad que podría asociar con esto es la fiebre selvática incurable, pero eso sería imposible ya que estamos a kilómetros de una selva, ¿cierto?”. 

Montones de especialistas vieron a Carolina, pero ninguno causaba mejoría. Los meses pasaron y ella empeoraba cada vez más, adelgazaba y se ponía de color verde, agonizando. Lo único que la alegraba era su leal gato al cual llamó Félix, en honor a su caricatura favorita.

 

 

¡El gato! –un día entre la bruma alcohólica que durante meses lo había rodeado, Fernando tuvo una revelación- ¡Ese pinche gato es el Nahual! Ese piojoso hijo de puta es el que ha enfermado a mi hija! No se puede explicar de otra manera. El cabrón vino a cobrar venganza. Pero no quiere la estatua de Yum Kimil ¡Quiere la sangre de Carolina! Todo tiene sentido ahora. La fiebre selvática incurable… ese puto Nahual traía una piel de un jaguar o una pantera. ¡Es ese puto gato tuerto! Sus facciones se endurecieron en una mueca diabólica mientras tomaba un hacha que guardaba por si algún ladrón se aparecía.

 “Te voy a chingar pinche Chulel, te voy a chingar”, cantaba. Encontró al gato negro sentado junto a unas macetas, mirándolo fijamente. “Te voy a chingar bien Chulel de mierda, te voy a chingaaaaar”, seguía cantando su cancioncilla alcohólica. Balanceó el hacha con todas sus fuerzas, gritando como maniaco. La maceta y las flores saltaron en pedazos. El gato se escabulló entre unos arbustos. 

Los días siguientes fueron para Fernando una caza alcohólica en busca del gato tuerto. La mayoría de las veces el gato escapaba, pero en ocasiones Fernando lo mataba. Pero el gato negro siempre volvía a aparecer. Acababa de cortarle la cabeza en el jardín, y cuando subía al cuarto de su hija, lo encontraba ahí, mirándolo fijamente con su único ojo. Fernando pensó que lo había soñado o que había sido una alucinación del mezcal. Estoy perdiendo la cabeza, se decía a sí mismo. Tomaba un generoso trago de mezcal y agarraba con fuerza el hacha, jurándose a sí mismo que no descansaría hasta ver a ese puto gato mutilado en pedazos.

 

Una mañana de sábado un paquete llegó para Fernando Tavira. Lo traía un señor muy bien vestido en un traje azabache. Tabiques y tabiques de dinero en un maletín viejo. Era el pago por la invaluable estatua de Yum Kimil. Pensó en decirle a Olivia pero se había ido hace mucho tiempo. No pudo resistir. Subió las escaleras, un hedor pútrido inundaba toda la casa. Entró al cuarto de su hija y le gruñó al gato que estaba sentado encima de la cama. Se relamía los bigotes con una expresión de satisfacción.

“Supongo que ahora te irás –Fernando dijo con la rasposa voz del alcohólico- me chingaste pinche Chulel. Regresa al pueblo de mierda de donde saliste”. 

Se agachó para tomar la botella de mezcal que estaba sus pies, la destapó y bebió ansiosamente. 

Cuando volvió a ver hacia la cama, el gato negro ya no estaba ahí. 

 

Historia e ilustraciones de Berumen y Coyote

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Javier Gutiérrez “Coyote” nació en la Ciudad de México, empezó a dibujar desde muy temprana edad, aprendió copiando a los Looney tunes y después una larga etapa de Dragon ball; al fin se oscureció el camino con la llegada de Spawn.  El universo de los cómics, novelas gráficas y hambre de pintar y dibujar fue lo que poco a poco lo llevó a tomar cursos de pintura, ilustración y sus derivados; pronto aparecieron las oportunidades para trabajar en proyectos de cómic, exposiciones, publicaciones varias y participaciones en eventos como ferias de libro y pintura en vivo en algunos de los mejores festivales de música en todo el país. Ha  participado también en programas de radio y de televisión; durante un tiempo impartió clases de pintura para la Alcaldía Iztapalapa y ahora lo hace de forma independiente; famoso en el inframundo, actualmente participa en varios proyectos como Abracannabis,  Mexicaliens, Audionerds, Ketehr, entre otros.

Sr. Berumen es un autor de comix. Ha publicado los cómics Mala Suerte, La Psilucibinina, La Devoradora (con Coyote) y Marihuanella. Fue editor de los primeros 10 números de Mota Comix y ha colaborado en Canamo y La Dosis.