Carmen Rovira, medio siglo de filosofía mexicana

Fotografía de Ana Vértiz Fotografía de Ana Vértiz

Entrevista a Carmen Rovira Gaspar

(Primera parte)

Por Héctor Luna

María del Carmen Rovira (Huelva, España, 1927) es una de las grandes pensadoras vivas que han defendido la existencia de una filosofía mexicana. Ha impartido cátedra por más de medio siglo en la Universidad Nacional siendo fundadora de la carrera de Filosofía en el sistema SUA en 1974. Junto con con Luis Villoro y Ricardo Guerra, Rovira fue discípula de José Gaos, de quien heredó, según sus propias palabras, el gusto por la filosofía mexicana y la ética en la investigación. Es autora de Eclécticos portugueses del siglo XVIII y algunas de sus influencias en América (1958), Francisco de VitoriaEspaña y América. El poder y el hombre (2004)Dos utopías mexicanas del siglo XIX. Francisco Severo Maldonado y Ocampo y Juan Nepomuceno Adorno (2014), y ha coordinado una veintena de volúmenes concernientes al pensamiento filosófico mexicano.  

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Hoy en día usted tiene ya una trayectoria de más de cincuenta años impartiendo cátedra en diversas instituciones y realizando investigación filosófica. Usted es uno de los pilares principales de los estudios de la filosofía mexicana, ¿en qué momento decidió dedicarse a estudiar el pensamiento en nuestro país?

José Gaos tuvo mucho que ver, porque en aquella época a nadie le interesaba la filosofía mexicana. Dicho con todo respeto, Samuel Ramos, que era el único que la enfocaba, yo no vi que profundizara mucho en ella.  Y con Gaos sí hubo esta profundidad. En aquel entonces a mí me interesó mucho Benito Díaz de Gamarra. Él era del Oratorio de San Felipe Neri, y me interesó porque yo estaba trabajando con Gaos a los portugueses, a Luís António Verney.  Y me encontré que Gamarra copiaba textualmente la Lógica de Verney, únicamente en la primera página decía  en latín  con dixi Verney, y era la copia total. Yo le comenté esto a Gaos muy entusiasmada porque había descubierto algo y él me dijo que en aquel momento no era tan delito copiar como ahora. Yo tuve esa visión y me empezó a interesar la filosofía en México.

Gaos quería que hiciera mi tesis  de doctorado sobre pensamiento alemán, sobre Gottfried Leibniz, Christian Wolff,  y  yo le dije: “doctor,  yo no sé alemán”, “Ah, no importa, yo se lo traduzco”, “No —le dije— ¿Sabe qué? Me está interesando mucho lo de Gamarra y Verney, más que lo europeo”, y él lo aceptó encantado. Luego ya no volví nunca a eso en el doctorado, porque mi tesis doctoral fue sobre Francisco de Vitoria.

Fotografía de Ana Vértiz
Fotografía de Ana Vértiz

Entonces fue una experiencia muy personal de investigación la que la llevó a avocarse completamente por la filosofía mexicana.

Sí, me interesó mucho porque veía yo que en verdad no se había estudiado profundamente. Mas bien entonces era un hablar, pero un hablar sin disciplina. No quiero atacar a nadie pero era un hablar sin sin rigor. Luis Villoro también estuvo de acuerdo conmigo y Villoro hizo muy buenas investigaciones sobre filosofía mexicana.

Hoy cada vez menos estudiosos cuestionan la legitimidad y la existencia de una filosofía mexicana, sin embargo no siempre fue así, ¿qué dificultades tuvo que enfrentar cuando comenzaban los estudios sobre filosofía mexicana?

La gente me encontraba por el pasillo y me preguntaba, “¿qué estás haciendo?”, y yo les respondía “estoy investigando filosofía mexicana”, y me decían “¡qué es eso, déjalo, no pierdas tu tiempo ahí!”.  Pero yo me di cuenta que la filosofía mexicana no era sólo lo que decía el grupo Hiperión. En verdad, el grupo Hiperión no sabía filosofía mexicana, no había estudiado. La filosofía mexicana no era la obra de Samuel Ramos, la filosofía mexicana era adentrarse a toda ella, y eso es lo que procuré hacer. Sobre todo, mucho más tarde, con la ayuda de Dirección General de Asuntos del Personal Académico, pues salió una aproximación que es pura filosofía mexicana y que nos la publicó la Universidad Autónoma de Querétaro. Se pensaba que filosofía mexicana era solamente los jesuitas del  siglo XVIII —admirables, yo los he estudiado y creo que son muy importantes—, pero había otras gentes, toda una colección de personas desconocidas, algo mucho más amplio que lo que veía Samuel Ramos. El grupo Hiperión, con todo respeto, no sabía filosofía mexicana.

Y antes del grupo Hiperión estuvo el grupo del Ateneo de la Juventud.

Sí, claro. Ese fue mucho antes que yo.

¿Cuál considera usted que fue un error de los proyectos del Ateneo e Hiperión, en qué fracasaron o por qué no lograron consolidarse?

Yo creo que no se metieron a fondo. El mismo Ateneo de la Juventud no investigó. Es triste decirlo pero hay que ser objetivos. El Ateneo no hizo filosofía mexicana. Ellos estudiaban a Bergson, a Dilthey, a Husserl, pero ellos no tomaron la filosofía mexicana como tal.

Fotografía de Ana Vértiz
Fotografía de Ana Vértiz

En ese sentido, ¿valdría la pena enfatizar la necesidad de hablar de una filosofía mexicana y no de una filosofía en México?

¡Claro!

¿Qué características tendría esta filosofía mexicana que la distinguiría de una “filosofía en México”? 

Yo creo que es el Humanismo. Pero entendido no como estudio, Humanitatis, sino como interés por el otro, el respeto al otro, tenga la religión que tenga, tenga el color que tenga, hable el idioma que sea, hay un humanismo verdadero como respeto al otro. Y este  humanismo lo plantearon el grupo de los jesuitas criollos y  Francisco Severo Maldonado.

¿Diría que este humanismo es más auténtico que el renancentista?

Mucho más. Porque este humanismo está referido al hombre. Por ejemplo, el jesuita Francisco Javier Alegre tiene una frase de un humanismo admirable, dice: “Estos etíopes ni son esclavos por nacimiento ni  por ascendencia ni lo han sido nunca. Son hombres”. Ahí hay un humanismo grandísimo.

Y luego la de otro jesuita, Pedro José Márquez,  cuando dice: “El verdadero filósofo no distingue entre ningún hombre, sea blanco o negro, hable la lengua que hable y tenga la religión que tenga. El verdadero filósofo se siente hermano de todos los hombres”. Eso es admirable dicho en aquella época. Este sentido cosmopolita y este humanismo es el que yo encuentro muy valioso en los jesuitas criollos mexicanos.

 ¿Y este humanismo mexicano podría rastrearse desde el siglo XVI con Bartolomé de las Casas, Alonso de Maldonado o Alonso de la Vera Cruz, por ejemplo? 

Es distinto. Ahí no quiero contradecir a Ambrosio Velasco, pero para mí es distinto. El humanismo de Bartolomé las Casas, de Alonso de la Vera Cruz, de Vitoria, está basado en la caridad, no en la igualdad. La caridad puede ser ofensiva, porque si yo respeto a otro por caridad es que no lo veo igual que yo. Yo desconfío mucho de la caridad.  “Quiero mucho al indígena, lo tomo, lo bautizo”, pero no es el humanismo de Pedro José Márquez.

Fotografía de Ana Vértiz
Fotografía de Ana Vértiz

Regresando a José Gaos, usted es una de las más destacadas y más queridas discípulas de Gaos, él mismo lo reconocía en sus obras, ¿cuál fue una de las enseñanzas más importantes del filósofo español?

Nos dejó grandes enseñanzas a todos, pero algunos lo supieron apreciar y otros no. Nos dejó algo muy importante: la honradez. Es decir, el filósofo debe ser honrado. ¿En qué sentido? No copiar y si se copia citar, respetar lo que otros han hecho. Él era un hombre de citas. Me dejó el saber y el pensar con honradez.

Luego, el rigor en la investigación. “Hay que ir a las fuentes” decía siempre Gaos. “Y si no  ha ido a las fuentes, mejor no hable”. No hay que ir a alguien que habló sobre el autor, hay que ir al autor. Respetar lo que diga la fuente. A veces queremos que la fuente diga lo que nosotros queremos que diga, pero la fuente no lo dice. Entonces, hay que respetar la fuente, tomarla textualmente, luego se puede criticar o no aceptar, pero siempre hay que ir a la fuente. Esto es lo que él criticaba mucho en el grupo Hiperión.

A la par de este reconocimiento que usted hace de su maestro, ha criticado también las categorías que Gaos dio para enfocar el estudio de la filosofía mexicana, ¿en qué consiste esta crítica?

Gaos quiso explicar todo valiéndose de ciertas categorías y no lo logró. A las categorías de Gaos se le va como agua en las manos lo más esencial de lo mexicano. Por ejemplo, Gaos no estudió a los jesuitas criollos. No vio la importancia de ellos.

De alguna manera las categorías que ofrece Gaos para el estudio de la filosofía mexicana radicaban en afirmar o asumir que siempre había una  importación.

Una importación y a veces algo se aportaba, según él.  Pero no siempre admitía la aportación, más bien insistía en la importación.  Lo que no acepto de Gaos es eso. Él hablaba de “importación desde dentro” e “importación desde fuera”. Ahí Gaos era de un barroquismo terrible. ¿Qué era eso de desde dentro y desde fuera? Es decir, él quería dar a entender importación desde dentro como mexicano, con las categorías mexicanas, pero a él se le va lo mexicano como tal en las categorías. Y  la importación desde fuera es lo que dice el español que llega. A Gaos ahí sí no.  Toda la claridad admirable que tiene la ha perdido cuando  habla de esas categorías. Para mí las categorías de Gaos no aclaraban nada de lo mexicano.

Fotografía de Ana Vértiz
Fotografía de Ana Vértiz

En ese sentido usted afirma de manera contraria que no todo es importación en la filosofía mexicana, sino que hay propuestas originales propiamente mexicanas, ¿qué aportes ha hecho la filosofía mexicana? ¿Qué se ha dado aquí en México, que no se ha dado en otros lugares?

La filosofía mexicana, si la vemos con detenimiento, ha dado un humanismo. Pero, como dice Adolfo Sánchez Vázquez, el término humanismo abriga mucho, es muy amplio. Hay que entender el humanismo, ya lo he dicho, como respeto al otro, y eso lo ha dado la filosofía mexicana. Lo ha dado en verdad.

Pongamos: Severo Maldonado, hay ahí un respeto al otro; los jesuitas, hay un absoluto respeto al otro.  Los jesuitas criollos. Y creo que en eso consiste el humanismo: en el respeto absoluto al otro.

El humanismo mexicano fue posible por el contexto en el que surge.

Yo creo que sí. Los jesuitas son expulsados de México por Carlos III y en donde hacen este humanismo es en Italia, pero recordando siempre a México.  Por ejemplo, Francisco Xavier Clavijero, su obra sobre el México antiguo, ahí es admirable su humanismo y dedica su obra escrita en Italia a la Universidad de México. Es en Italia en donde los jesuitas escriben sus obras pero ellos no olvidan a México. Habrán salido expulsados pero ellos se sienten mexicanos y quieren dar a conocer en Europa el arte mexicano.

Ahí está Márquez, como da a conocer en Europa la pirámides de México. Hizo dibujos.

 

Continuará…

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