“Somos la cultura del desechable”

Entrevista a Daniel Lezama

Por Jorge Garnica y Heriberto Mojica

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Daniel Lezama en su estudio. Fotografía de Heriberto Mojica y Jorge Garnica.

Daniel Lezama es uno de los pintores mexicanos actuales más reconocidos internacionalmente.

 

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El mundo de las artes visuales y las polémicas que se han levantado sobre su constante transformación se han multiplicado con el crecimiento y diversificación de la tecnología. El avance de los medios audiovisuales han ido cambiando los paradigmas del arte y han modificado también la manera de concebir el universo de la imagen. En este contexto donde el uso de la tecnología ha incrementado el número de practicantes de ejercicios como la fotografía digital y todo el conjunto de instalaciones y performances, le preguntamos al pintor mexicano Daniel Lezama sobre el sentido de la pintura en la actualidad.

Yo creo que escoger una disciplina artística es más una cuestión de temperamento y de historia personal que una elección entre varias opciones. Opción múltiple para nada lo es. Ser pintor implica amar ciertos gestos, amar ciertas acciones, como por ejemplo el tema del trazo inicial sobre un lienzo en blanco. Yo creo que eso no lo puedes hacer ni replicar en ningún formato tecnológico ni tampoco en un formato audiovisual. Creo que aquí se trata de crear una imagen de la nada, hay una pretensión muy humana de marcar algo que no está marcado y convertirlo en algo de tu vida, hacerlo tuyo, eso es muy diferente a hacer una foto, un video o un audivisual; es un gesto esencial y básico, igual que el de contar una historia o cantar una canción, tiene ese componente casi pre humano.

Bajo esta idea de la pintura como un quehacer puramente humano, le preguntamos a Lezama cómo se observa en su labor artística, y más aún, cómo percibe el arte contemporáneo en México y el fenómeno que cada generación denomina “vanguardia”.

Durante cien años se le vendió a la gente la idea de que ser original o estar en la vanguardia era lo importante. No sé si hay una “vanguardia” dentro de la honestidad, dentro de la exploración de uno mismo, no sé si existe una vanguardia dentro de la exploración de la psique. Creo que la vanguardia, la idea de la vanguardia y la originalidad implica rechazar cosas que ya están vistas o que uno solamente podría repetir esquemas y no es así. Para mí el tema de la pintura no es hacer nueva pintura, única, nunca antes hecha. Es precisamente usar las herramientas que existen para hacer lo que yo tengo que decir, una herramienta de expresión personal, de transformación personal, de exploración profunda que no está conectada con un devenir histórico del arte sino con una esencia del ser. Eso parece anacrónico, no es lo que se maneja como una teoría de arte contemporáneo, por ende yo creo que todas las acciones artísticas que tienen que ver con la honestidad y la autenticidad del artista están casi siempre fuera del tiempo histórico.

 

Estudio de Daniel Lezama. Fotografía de Heriberto Mojica y Jorge Garnica.

Entrando en el complicado tema del arte y la teoría, le preguntamos a Lezama cuál es su relación con los críticos del arte contemporáneo.

El cómo se relaciona mi trabajo con el establishment del arte se basa en estructuras de poder y en ciertas corrientes teóricas que manejan los detentadores del mismo; siempre ha sido así y creo que ahorita es más importante aún porque hay un proceso de multiplicación de las opciones para la difusión, una especia de atomización del significado y lo significante. Creo que cuando estás haciendo lo que yo hago, un arte completamente comprometido conmigo mismo y con mis necesidades, puedes ser aceptado o rechazado por ese establishment que tampoco importa tanto. Aquí lo interesante es que mi obra se vende, es conocida y tiene fama. Muchos años me preocupé por el tema de por qué, si al público le gustaba mi trabajo, no podía ser visto. Y esto sucedió porque no se le daba difusión, porque estaba oscurecida por el entorno, y naturalmente se da a nivel de lo que puede ser justificado y rescatado por parte de un discurso teórico.

Le preguntamos si, en este contexto del arte contemporáneo, su trabajo ha sido valorado desde alguna teoría específica.

Mi trabajo difícilmente puede ser rescatado, es como un monolito que tienes que verlo o dejarlo pero no puedes desmenuzarlo tan fácilmente, no puedes usarlo para probar o contraprobar tus teorías. A mí se me ignora respetuosamente y creo que mi trato es el mismo, lo ignoro respetuosamente. Es complicado pensar que un pintor que propone y hace cosas extremas tenga que estar siendo ignorado, pero así son las cosas, así es el contexto. Yo no estoy al servicio de complacer o de estar al servicio de una agenda, yo no soy un pintor de agenda de la política social o de la crítica teórica, sea moral, antimoral o lo que sea, no tengo esa agenda. Mi agenda es mi salvación personal y en ese sentido agradezco a los que me apoyan y desaprueban, y pues sigo adelante.

En la obra de Lezama hay fuertes componentes que aluden a lo popular y a lo mestizo, una distancia irónica respecto al sentido de identidad mexicana que atañe a la idea del mestizaje, y una distancia frente a los mitos fundacionales. ¿Cuál es el motivo de este cuestionamiento?

En general, la identidad es un tema escabroso en México porque el arte no ha sido amoroso con su tema, y ser amoroso con el tema es una cuestión personal. Mi forma de ver la identidad, tema que tomé en algún momento de mi carrera en donde me enfoqué especialmente en temas identitarios, estaba buscando ir mas allá de meterme más atrás de los colores de la bandera. Encarnar las abstracciones, los símbolos abstractos, es un proceso amoroso y no crítico; yo no propongo una alternativa, yo propongo meterme más adentro, soñar y sentir las cosas que antes sólo nos enseñaban a descartar o aceptar.

Para el pintor, introducirse en el tema de la “identidad nacional”, ¿equivale a un cuestionamiento personal?

Para mí no es una discusión tan racional, es un cuestionamiento sentimental, sí intelectual pero a un nivel basado en cosas intuitivas. Yo no soy un filósofo artista ni un teórico artista, hay muchos así y lo respeto, pero yo no soy así, no tengo una propuesta teórica experimental con mi obra. Lo que experimento con mi obra es mi corazón, suena cursi pero alimento mi sinceridad y las razones que tengo para vivir.

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Daniel Lezama en su estudio. Fotografía de Heriberto Mojica y Jorge Garnica.

Mencionamos si de algún modo siente que su obra o parte de ella, sobre todo en esta faceta que tiene que ver con cuestiones de la identidad, está dentro de esta tradición de pintura nacionalista, por ejemplo el muralismo.

Si se ve a los muralistas como un bloque, pues sí, pero si lo desmenuzas, no. La agenda de Rivera comparada con la de Siqueiros u Orozco eran distintas, se les puso una etiqueta común; el Dr Atl tampoco era un apasionado del paisaje, no era un teórico de los volcanes, era un amante de ellos. Orozco era un gran sarcástico, un hombre muy amargado que intuía los poderes de la vida, y Siqueiros un soñador político, un hombre muy íntimo, con una intimidad artística que poco se ve, que poco se entiende. El hombre ideológico encerrado en Lecumberrri es el estandarte y no el que pintaba su intimidad o pintaba la sensibilidad de las cosas mexicanas. Rivera y su complejísimo arte, cuya personalidad era tan importante como su agenda política, sus pasiones personales estaban siempre en constante dialéctica con un compromiso ideológico; nunca fue puro artista ideológico ni un puro pintor de la vida o de los objetos. Yo no pertenezco a ninguna generación ni grupo de edad ni pintores que vienen de otro lado.

Le pedimos a Daniel Lezama que hablara acerca de su formación como pintor.

Tengo una biografía extraña: soy mitad mexicano y mitad norteamericano. Crecí conociendo, amando la cultura, porque mi padre era una persona muy culta con una visón muy clásica y muy distante del arte, pero en la cual me interesé porque yo era un chavo que viajaba mucho y me acercaba emocionalmente al arte. Cuando llegué a la escuela de arte primero quise ser escritor y de alguna forma fallé, pero cuando estuve en la escuela de pintura ya tenía mi camino trazado. Fui a concentrarme con el medio, a hacer la praxis, lo que un estudiante de arte hace; no fui al azar. Yo veía cómo todo el mundo se desintegraba frente a los murales porque no sabían qué querían, a mí me daba risa, no es egolatría: yo pintaba.

Para ahondar en el concepto de “escuela de arte”, interrogamos a Lezama sobre qué se debe de enseñar a un estudiante que ingresa a un colegio de este tipo.

Creo que se le debe de enseñar dos cosas: una sería a explorarse a sí mismo, el gran maestro va a ser el que cuestione los motivos del artista no para hacer una u otra forma de arte sino de lo que tiene que decir, de la forma más adecuada a su temperamento y a su forma de ser. Hay gente nerviosa, paciente, muy intelectual, muy sentimental, muy física, ¿cómo puedes darle una sola opción a gente tan diversa? Creo que tienes que decir cómo te gustaría decirlo, y si un estudiante ya se definió por las artes, ¿cómo va a encauzar su forma de hacer las cosas?, pues enseñándole cómo se hizo antes, cómo alguien lo hizo y enseñarle a no caer en trampas. Yo me enseñé a mí mismo a no caer en la trampa, por ejemplo, de admirar a las vanguardias porque se auto limitan y llegan a un callejón sin salida. Picasso, extraordinario artista, empezó en la academia, en la pintura académica, en la mimética representacional y se fue a los extremos. Pero si tú te vas a esos extremos empiezas donde él termina, no tienes esa parte vital del centro de las cosas que es el querer representar. Puedes empezar por pintar algo y luego desintegrarlo, pero no puedes empezar por donde alguien terminó. Muchas veces el arte moderno tuvo el problema de que el ejemplo que daba a las nuevas generaciones era un ejemplo que ya estaba previamente.

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Estudio de Daniel Lezama. Fotografía de Heriberto Mojica y Jorge Garnica.

En cuanto a los fomentos estatales a la creación artística, le preguntamos al pintor qué piensa de becas como las otorgadas por el FONCA, y qué relación existe entre el Estado y los creadores.

No creo siquiera que el Estado se preocupe de lo que hacen los artistas nuevos que patrocinan, y no lo digo en sentido negativo, es un tema que debe ser así porque la creación es un asunto intensamente personal. Yo fui dos veces becario por el FONCA y he tenido dos becas del sistema (Sistema Nacional de Creadores), incluida una que tengo este año; también soy tutor de jóvenes creadores, es decir, es una experiencia muy compleja que no pienso repetir, pero entiendo cómo funciona, y te das cuenta que es muy precaria, en el buen sentido, precaria: poner un granito de arena, en el mejor sentido. Lo que pasa es que si me preguntas qué debería hacer el Estado que no se hace aquí en México, sería darle una significación al coleccionismo particular; por ejemplo, los tremendos descuentos de impuestos que se manejan en Alemania para las empresas que compran, que hacen que todo lo que haga un artista se venda, porque comprarlo es estimularlo. Aparte de que se estimula la adquisición se educa el coleccionismo, hay un patrocinio estatal del coleccionismo.

En este vaivén entre el fomento y el trabajo independiente, ¿qué podría hacer entonces un órgano institucional como el Estado por el arte pictórico?

Hacer cuerpos colegiados para los museos importantes, porque eso de que dependan de escogida a mano, de camarillas, eso es una solución expedita, igual que estar en un país provisional en donde todo pasa al aventón. Evidentemente hay un encargo, tú buscas quién, pones a tus cuates y en 5 minutos ya se armó un grupo de poder que a lo mejor se enquista o uno o veinte años, entonces no hay una transparencia respecto a la profesionalización de los cuerpos administrativos y curatoriales, digamos los cuadros de la cultura oficial. Entonces estamos en la época mexica en donde los sacrificios humanos hacían que empezara un nuevo día, cada vez que hay un cambio de sexenio se acaba el mundo, empieza una nueva era.

¿Quién es el público el de Daniel Lezama, quiénes comentan y adquieren su obra?

Quien compra mi obra es la gente que la ve y la siente, hay un boca en boca donde mi trabajo es muy importante para mucha gente, pero eso yo no lo puedo calibrar ni es mi responsabilidad, es una suerte y un gusto que tengo. Definitivamente estoy en casa: en México, lejos del coleccionismo. En pocos grupos de coleccionismo particular de gran calado que son sumamente estrechos. Las colecciones están administradas por asesores que están conectados con un medio muy cerrado, nunca voy a tener acceso a esas estructuras que no cambian; la gente que compra mi obra son coleccionistas apasionados de mi trabajo y pagan sumas considerables.

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Estudio de Daniel Lezama. Fotografía de Heriberto Mojica y Jorge Garnica.

De los múltiples factores que componen la obra de Lezama nos resultó atractivo el formato, la magnitud, el manejo del claroscuro. ¿Qué artistas han influenciado en el pintor y qué temas de la mitología mexicana lo han inspirado?

La mitología es un sistema de conocimiento secreto que tienen todas las sociedades y que uno tiene que adentrarse a nivel personal para reconstruirla, está en reacomodo. Siempre me gustó leer mitología de todos los países, pero en sí, tomo como punto de referencia los alegorismos, los transformo, los cargo de significado y eso es muy llamativo en términos de que eso es el mito: darle forma a los sueños, darle sentido a las cosas que no la tienen, a los cuerpos, a los rostros, a las acciones, a la condición humana. Hay artísticas que siguen esos procesos misteriosos, fascinantes, y que han hecho a través del tiempo gente como Marx Bergman, o en la actualidad Erick Fishl, o Kara Walker, gente que trabaja con el inconsciente, con las imágenes y las sensaciones de su lugar; la mía es una forma más amorosa de ser identitario, de ahí surge la necesidad de escenas. Lo que yo hago son puestas en escena, ustedes hablan del tamaño, pero mi obra no es muy grande, es grande pero no mucho, lo que pasa es que en México hay toda una escuela de cuadros chiquitos, de “cajuelera” le dicen. Depende mucho de circunstancias y de condiciones de trabajo y de mercado. En México poca gente puede comprar obra grande, ese es el tema, los pintores se reducen a tamaños vendibles.

Cuestionamos a Daniel Lezama sobre un tema espinoso que la mayoría de los pintores prefiere omitir: ¿cuál es el papel que juegan los curadores en la pintura?

Es que, ¿cuál es la pintura?, los curadores no entienden de pintura, consideran que es algo que teóricamente no les permite expresarse, no les permite explayarse. ¿Qué tan importante es el curador en términos de exhibición? Yo siento que en la estructura de poder de los museos cuelgan las cosas cuando no les queda más remedio, cuando es inevitable. Va a llegar el punto en que van a colgar no porque quieran sino porque no va a quedar de otra, y es un poco triste porque esta no es la manera de hacer las cosas, no debería ser así porque te pasas la mitad de tu vida luchando para que se vean tus cuadros, para que el gobierno promueva tu trabajo en México y en el extranjero. Yo trabajo con Hilario Galguera que es una galería que tiene una proyección internacional, y también lucha contra muchos prejuicios locales respecto a qué se debe y cómo se debe.

En torno a los prejuicios al interior de la plástica nacional.

Lo que se tendría que presentar afuera de México tiene que dar una imagen de México, eso casi casi que desde Los olvidados (cinta de Luis Buñuel) que lo prohibieron: “en México no hay pobres”, “las madres no se acuestan con los muchachos”. “México es maravilloso”, dice un anuncio de Carta blanca; eso se decía en los años cincuenta y hoy se sigue haciendo lo mismo. Al gobierno le fascina presentar una obra de tecnología y de vanguardia que compita por dar una imagen de México, entre comillas, “contemporánea”, una pintura fuerte, sensual, compleja, atávica, se le atora en la garganta a muchos que quieran pararse el cuello con que México es un país chic, moderno, a la altura de cualquiera en términos tecnológicos.

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Estudio de Daniel Lezama. Fotografía de Heriberto Mojica y Jorge Garnica.

Hablando de esta vieja tendencia de los gobiernos de apapachar a los artistas e intelectuales (estamos hablando concretamente del PRI), le preguntamos al pintor si alguna vez lo trataron de coptar, de promoverlo, o en el caso contrario, de censurarlo.

No, nunca, en la actualidad está tan perdido el rumbo a nivel cultural por parte del establishment político que creo que ni saben por dónde. Sí había una sabiduría extraña y torcida en el periodismo; no es lo mismo apaparachar a Octavio Paz que a Carlos Loret de Mola. Lo que se hace ahora es tan pobre que quizás ya ni sería necesario.

Entrando en asuntos más de orden técnico, interrogamos a Lezama sobre cómo elige los modelos para sus pinturas.

Yo los imagino, mi trabajo tiene un componente imaginario, yo observo pero registro en mi cabeza, yo no tengo un club de modelos: trabajo sin ellos. Durante muchos años estuve en estudios o en grupos de pintores y modelos, pero esos son ejercicios, no son elementos que yo use constantemente en mi trabajo. Invento todo, soy probablemente el único que lo hace; es una libertad. Hay grandes pintores pero están muy especializados con modelos; alguna escuela de los ochenta se manejó en torno a modelos, como la fotografía. Yo siento que tienes que imaginar tus cosas para poder pintar como yo pinto y para poder llegar a hacer una significación compleja en un tiempo razonable. Parte de ese estudio fisiológico anatómico se perdió hace siglos, es una cosa que ni en el siglo XX se manejó.

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Estudio de Daniel Lezama. Fotografía de Heriberto Mojica y Jorge Garnica.

Hoy vivimos en una sociedad en donde normalmente la gente cree que el arte, la cultura, las humanidades, son hobbies. Preguntamos a Lezama sobre sus aficiones.

La mecánica automotriz, soy muy fan.

¿Por qué?

Creo que es lo contrario a la pintura, es una gran incertidumbre, es algo que te da una paz, el pensar que las cosas las haces bien, atornillas bien y queda. Aquí en cambio puedes hacer todo mal y sale bien, es un mundo subjetivo versus uno objetivo y bueno, de niño me fascinaban los carros. Yo viajé mucho en coche cuando era niño; en la actualidad tengo cuatro carros antiguos, les hago cosas, veo qué les falta, hay periodos donde te dedicas a estar armando detalles, y realmente no tengo proyectos de coches, pero es mi gusto, mi gran afición.

Sobre la relación que pudiera existir entre su pintura y otras artes, comentó.

La literatura, o el cine o el teatro son formas de decir, es más, no creo que no haya un arte que no esté conectado con el mío. La literatura en particular está más ligada conmigo porque me gusta mucho la idea de contar un cuento. También para generar una construcción metafórica, por ejemplo la poesía verbal es muy similar a la poesía de las imágenes; le tengo fe y cariño.

Sobre sus lecturas.

En este momento no he leído mucho, yo leo literatura, me gusta mucho la literatura popular, ensayos de temas exóticos, de temas fuera de lo habitual. Leo a Pascal Quignard, quien es un teórico sobre la vida, un analista de mitos, un mitógrafo con una visión completamente desencajada que me ha dado muchas cosas. A mí me gusta releer, cosas nuevas no mucho. Yo soy apasionado de ciertas cosas viejas.

¿Qué le atrae de este mundo que califica como lo viejo?

El cuidado en las formas y la pasión con la que anteriormente se guiaba la creación me llama la atención, me concentro en ver artistas y obras que implican una gran concentración que se ha perdido en la actualidad. Veo grandes escritores escribiendo muy rápido para cumplir metas, fechas de publicación, pintores que pintan para exposiciones que vienen, me gusta ver el tiempo en la obra, el pensamiento calmado, lento, me gusta lo que es deliberar. Como que hoy en la cultura hay una presión de mercado de consumo, y presión de consumo implica que se olvida lo que se consumió con pasión y al minuto siguiente se olvidó completamente. Somos la cultura del desechable y del dead line.

Finalmente pedimos a Lezama que desde su propia perspectiva, identifique las etapas de su obra.

No son marcadas con un límite pero sí ha habido temporadas de exploración, una época en los noventa o principios del 2000 la llamaría “de las imágenes acumuladas”, todo lo guardado de mi vida, porque cuando empecé a pintar profesionalmente saqué todo ese bagaje. Luego vino la época de la identidad donde todo se transformó en otra cosa, y ahora estoy como en una profundización temática de entrar en terrenos subterráneos.

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Jorge Garnica es diseñador, ilustrador  y estudiante de filosofía en la UNAM.

Heriberto Mojica es filósofo, radioasta y estudiante de cine en el CCC.