En la presente entrevista, Carlos López Orozco habla del Colectivo SEMEFO, un grupo artístico que durante una década (1989-1999) buscó elaborar una propuesta estética a partir de la muerte y su encarnación esencial: el cuerpo. Pedazos de cadáveres, fluidos corporales, carne putrefacta, conforman un universo que adquiere nuevos significados en el contexto del México actual, donde la violencia extrema ha llenado la cotidianidad de las más diversas y terroríficas imágenes de la muerte. Dice Amira Nyoren en su nota introductoria: “El colectivo SEMEFO reapropia la cruenta violencia en tanto materia prima para un arte subversivo. Entre el thrash metal salido de un psiquiátrico abandonando, las performances con flagelaciones, cabezas desmembradas de caballos, ropa y sangre perteneciente a los muertos anónimos; hasta el silencio que provocan unas gotas de agua de la morgue. Su trabajo nos muestra una parte crítica del arte, el “arte que apesta” y se descompone, un arte que grita por los cadáveres”.

Una mujer llega a su casa y encuentra a su pequeña hija decapitada; el cuerpo yace en un charco de sangre junto a un oso de peluche. Al parecer, un hombre la ha asesinado sin motivo alguno. Haciendo alarde de una notable habilidad narrativa, Samuel Segura relata un episodio atroz, que es un eco de lo que se vive a diario en un país marcado por el feminicidio y las escenas más brutales producto de la violencia.

A partir del caso de Diana Angélica Castañeda, una joven de 14 años que fue asesinada y cuyos restos fueron encontrados en el Río de los Remedios, Ingrid Solana hace una reflexión sobre la impunidad y la indiferencia que se vive ante la realidad terrible de los feminicidios que a diario se cometen en México. Al mismo tiempo, se trata de un relato poético sobre la ausencia y la pérdida de un ser querido, y la poderosa simbología que rodea el mundo de las osamentas, único registro que conserva una identidad y una forma de vida extinta: “Los dientes iluminan y nos sobreviven: por ellos los cadáveres conservan una linterna que resiste a los gusanos”. La muerte como un río que se resiste al olvido, pero también como una presencia que exige reconocimiento: “La muerte es la muerte entera, efigie sin rostro en todo rostro, en todo lo que nutre la tierra y su desierto”.