En su exilio en la isla de Guernsey situada en el Canal de la Mancha, Victor Hugo escribió Los miserables (1862) y una obra menos conocida pero fascinante, Los trabajadores del mar (1866), donde el novelista francés desarrolla una deslumbrante idea del ser humano y sus enigmas. El encuentro del hombre y la naturaleza (y con otros seres), el abismo casi insondable que esto significa, aparece aquí en todo su esplendor: “El desvarío, que es el pensamiento en estado de nebulosa, confina con el sueño y halla en éste su frontera. El organismo material humano, sobre el que pesa una columna atmosférica de quince leguas de altura, se fatiga por la noche, cae rendido, se acuesta y reposa. Los ojos de la carne se cierran. Entonces, en aquella cabeza aletargada, menos inerte de lo que se cree, otros ojos se abren. Lo desconocido aparece. Las cosas sombrías del mundo ignorado se acercan al hombre, sea que exista con él comunicación verdadera, sea que las distancias del abismo tengan una grandeza visionaria, parece que los vivos indistintos del espacio vienen a mirarnos, que tienen curiosidad por nosotros, los vivos terrestres”.

El “Trabajo cultural” es un concepto relativamente nuevo que, por lo regular, es concebido como una práctica creadora y de gestión de espacios que tienen que ver con el arte, la cultura y su difusión. Sin embargo, debe ser pensado dimensionando también su relevancia política. En el presente ensayo, Alfonso Vázquez Salazar (Ciudad de México, 1978) revisa el concepto de trabajo en algunos de sus pensadores más destacados -John Locke, Karl Marx, Louis Althusser, Antonio Gramsci, entre otros- y plantea, a su vez, una definición operativa de la noción de cultura, que permita a los trabajadores de este campo organizarse como tales y reivindicar el carácter político de su propia actividad bajo el gobierno mexicano actual.

Muchas fueron las áreas del saber que abarcó el interés de Antonio Alatorre. Fue un hombre con la voracidad intelectual de un pensador del Renacimiento, que además, no eligió obras menores para desarrollar su trabajo. Alatorre tuvo el atino de traducir obras amplias, que ya eran, o con el paso del tiempo se convirtieron en clásicos del pensamiento contemporáneo. Esto le da a Alatorre cierto halo de monumento intelectual, a pesar de que en persona fue un hombre extraordinariamente sencillo y sin el más mínimo interés de brillar. Al igual que la monja jerónima Sor Juana Inés (su guía espiritual, punta altiva, excenta siempre, siempre rutilante) la enormidad de Antonio Alatorre, su inquietud de saber fue legítima, portentosa en el ansia por escalar aquellos faroles sacros de perenne llama que irradia el conocimiento universal.  

En estos tres poemas de Rasha Awale (Jordania, 1985), la inocencia y el amor absoluto (atroz y sublime), van ganando terreno en una búsqueda poética que ahonda en ese doble infortunio que marca la vida de los seres humanos: el del mundo y sus desastres, y el su propio espíritu, a un tiempo puro y destructivo. La de Rasha es una sensibilidad que destella lo mismo ante la atrocidad de la guerra, que ante la emoción de una niña que esconde sus dulces debajo de la cama. De ella ha dicho Agustín Cadena, a quien debemos la traducción de estos extraordinarios poemas: “Rasha Awale viene de una estirpe marcada por el combate, el dolor y la pérdida. Por eso le preocupa lo que ocurre en este atribulado mundo y escribe sobre eso. Y por eso trata de hacer algo para reducir aunque sea un poco la cantidad de dolor que se respira”.

El periodista Eleuterio Gabón, narra y contextualiza la conferencia de Empar Salvador, autora del libro El genocidio franquista en Valencia, y presidenta del Fórum per la Memòria del País Valencià, atestiguando la reiterada injusticia social e histórica en torno al genocidio llevado a cabo en el País Valenciano, último frente de resistencia anarquista, por el franquismo. Este crimen de lesa humanidad permanece ignorado. Para Empar Salvador, la mal llamada Guerra Civil Española, en realidad una lucha antifascista, evidencia el apoyo a Franco por la Iglesia Católica y países como la Alemania nazi, Italia y Portugal, además de las empresas multinacionales y, ya en la posguerra, por las grandes potencias mundiales, la propia ONU y la Unión Europea. Aún en la actualidad, el gobierno democrático español, con su legado fascista, se muestra sordo e insensible al reconocimiento de este crimen. Pero la justicia es también la remembranza del pueblo vencido.

En este planeta llamado Tierra, habemos muchos, los más, que lo habitamos en la precariedad, aunque esto no significa que carezcamos de lo indispensable para sobrevivir con decoro: nuestra imaginación. Para salir adelante, en Uruguay, Argentina, Cuba, México, y en otros países y en otros continentes, reutilizamos los desperdicios de las sociedades industriales y de consumo, y los transformamos en un “hecho estético”. “Lo precario”, nos dice Walter Cruz (Salto, Uruguay, 1969), “es lo viejo y desvencijado vuelto a la vida”. Es aquello otro inmaterial que nos habita, aunque se esfume al momento de solo pronunciarlo. Inspirado en esta condición tan humana, el artista plástico uruguayo ha montado la instalación Bordes de lo precario.

Gerardine Cipriani (Rovereto, Italia, 1986), presenta una selección de su obra pictórica expuesta en el Museo de Arte Contemporáneo de Querétaro con la colectiva Territorio inmaterial. De acuerdo con la propia artista, su obra es el resultado de tres acontecimientos fundamentales: el teatro, la cotidianidad y el cuerpo, todo esto explorado con una técnica realista depurada y crepuscular. Un pensador atraído más por sus robustos e inertes libros que por la fragilidad de los seres vivos, dos enamorados desgraciados pero irremediablemente juntos, la maja desnuda de mediana edad y Cipriani misma respondiendo al llamado de la oscuridad son algunos de los personajes de su meticulosa puesta en escena.

César Oliveros presenta, en su columna Música fea, a Heraldos Negros, proyecto sonoro de Sergio Sánchez, fundador del sello discográfico Ruido horrible, un referente de la música experimental en América Latina. “Heraldos nos ayuda a ver al monstruo que nos habita porque eso que deseamos matar, no es el otro sino nosotros mismos”.

Charles Bukowski es un referente para cualquier escritor en ciernes que vive o se percibe marginal, y Samuel Segura (Ecatepec, 1987) da cuenta de ello en el presente relato, testimonio del encuentro impar y fantasmal entre dos aspirantes a novelistas que se conocen en uno de los tantos talleres literarios que desbordan la Ciudad de México. Aunque existe una diferencia considerable de edad entre el sexagenario Doktor -profesor retirado y amante de la literatura rusa del siglo XIX- y el joven escritor de Por tu maldito amor, borrador de novela que narra las aventuras de un grupo de inexpertos mariachis en busca de un nombre en la música popular mexicana, ambos logran conectar gracias al libro Pulp, última novela del mencionado escritor norteamericano muerto hace ya veintiséis años.

Rey Mono, un admirable relato del siglo XVI chino, es una de las obras más fascinantes de la literatura universal, donde se conjuga la novela de aventuras, la filosofía del Tao y el budismo, la alquimia y las mitologías orientales, todo construido bajo un alucinante lenguaje poético. La peregrinación del monje Tripitaka a la India acompañado de tres mágicos discípulos en busca de las antiguas escrituras del budismo, es el tema de esta obra monumental, que hoy llega a nuestro país traducido magistralmente por Wendolín Perla.

Roxana Sámano escribe, desde la incertidumbre del presente, sobre el escritor chileno Pedro Lemebel (1952-2015), quien irrumpió en las letras y cultura chilena a mediados de los años ochenta del pasado siglo, para subvertir, incomodar y aportar un nuevo lenguaje capaz de desequilibrar la moral de la sociedad de su tiempo -la conservadora y la revolucionaria-. “No soy Pasolini pidiendo explicaciones, no soy Ginsberg expulsado de Cuba, no soy un marica disfrazado de poeta. No necesito disfraz. Aquí está mi cara. Hablo por mi diferencia. Defiendo lo que soy y no no soy tan raro” sentenció Lemebel, maquillado y vestido de tacones, en un acto político de los partidos de izquierda en septiembre de 1986, en Santiago de Chile.