Rimbaud sintetiza la brutal aflicción de cargar el peso de la existencia, y tal vez a eso se debió su permanente deseo de huida. Para la propia historia de la literatura, continúa siendo un misterio el motivo por el cual Arthur Rimbaud decidió no escribir más con apenas veinte años. Pero si leemos con detenimiento toda su obra, podremos ver que su labor de visionario era un ejercicio condenado a perecer: Que la oración galope y la luz brame… eso lo veo claro. Es demasiado simple y hace demasiado calor; se arreglarán sin mi. Tengo un deber, estaré orgulloso de él como mucha gente, cuando lo deje a un lado, dice en “EL RELÁMPAGO”. Tampoco es acertado pensar en la persistencia de un poeta que entre todos los desplazamientos, le preocupó fundamentalmente el de su propia conciencia. La célebre segunda carta del vidente que envió al poeta Paul Demeny, queda como uno de los mayores enigmas de la poesía: Nos equivocamos al decir: Yo pienso; deberíamos decir: Alguien me piensa… YO es otro. ¿Y si el deseo más profundo de Rimbaud era ser otro, qué importaba la poesía? La destrucción de la conciencia como una extrema tentativa de búsqueda, no es extraña en el itinerario del viajero y del suicida. Mediante la desarticulación de las facultades perceptivas y el resquebrajamiento de la conciencia, nuevos valles se extenderían ante sus ojos cansados. Recorrió todos los continentes, todos los océanos, pobre y altivamente, dijo Verlaine hacia 1884, muchos años después de ver por última vez a su antiguo compañero.

Mediante imágenes finas casi hilvanadas por la niebla, la poesía de Marian García es el viaje a las aguas del nuevo mundo (el suyo propio) en busca de un constante renacimiento. El hastío por el tiempo perdido, el resurgimiento del ánimo sobre las aguas marítimas, son motivos para la poeta, quien prefiere contemplar cómo la oscuridad se deshilvana bajo su percepción poderosa. La “seria empresa” de la reconstrucción poética permite despojar la angustia de un espíritu permanentemente atento a las transfiguraciones de la realidad. En la poesía de Marian, el mundo y el desencanto son uno mismo. No obstante, el paisaje es la espera de algo nuevo, vital. El asombro y el abismo tejiendo un mismo instante. Al final, siempre a un paso de caer, queda el disfrute de la nada.

“Se dice que Onetti era un sujeto negado a cualquier tipo de empatía. Idea Vilariño ha dicho con resentimiento, que a pesar del profundo amor que sintió por él, nunca llegó a conocerlo, porque el novelista nunca mostró su rostro. “Ni siquiera en sus cartas es capaz de tocar al otro, de comunicarse, de hablar”. No obstante, en su lejanía, Juan Carlos Onetti llegó como pocos a los confines del espíritu humano. A sus pozos más hondos y sus periferias más desoladas”.
Leopoldo Lezama

“La mente funciona bien en ese aire enrarecido. Paso horas en la cafetería de la Facultad, discutiendo con mis compañeros. Hablamos de Ezra Pound y las posibilidades del verso proyectivo, de la desintegración del lenguaje en Céline, de Adorno y Benjamin y Arendt y Sontag. Traducimos, escribimos ensayos, publicamos reseñas, editamos revistas literarias, todo apasionadamente, fumando”.
Agustín Cadena

El presente relato de Rocío Cruz es una metáfora de la autoliberación y una exacerbación de las pasiones humanas. Por medio del viaje psicotrópico, se plantea la sanación epifánica del mundo interior, no sin rozar los límites de la locura y la muerte. En el fondo, está el tema del severo camino del autoconimiento y el esfuerzo monumental que debe realizar el espíritu por lograr una conexión absoluta con el mundo.

Con el asesinato de Joan Vollmer en septiembre de 1951 en la Ciudad de México, William Burroughs mató a la realidad en favor de otra mayor: la cimentada sobre la violenta quimera mental. El sacrificio que Burroughs ofrendó a la deidad de la escritura fue la del único ser que comprendió su espíritu (la madre de sus dos hijos). Sin embargo, el dios que William Burroughs intentó apaciguar con la muerte de Joan era demasiado voraz: el Dios de las posibilidades mentales, la máquina ciega que reproduce mundos inauditos en la oscuridad (así como la máquina binaria que inventó su abuelo paterno fue la primera en controlar cantidades ilimitadas). Cuenta la Biblia que al pedir una prueba de fe, Dios detuvo a Abraham cuando éste se encontraba a punto de asesinar a su hijo Isaac; sin embargo, nadie detuvo la mano de Burroughs en su prueba definitiva para acceder a la totalidad.

Con apenas un puñado de poemas, Izel Shamaní se sitúa en medio de todas las tristezas. Es un alma vieja que ha sentido con intensidad los padecimientos del mundo. Sin embargo, no ha tenido miedo y se ha atrevido a caminar en la oscuridad, bajo ese “recrudecido mecanismo” que implica transitar por la vida. Sus Ausencias son un registro sensible de la brutal conmoción que deja una pérdida. La ausencia acrecienta la soledad y la convierte en una madrugada interminable donde el espíritu no encuentra reposo. Una luz encendida en un cuarto vacío; una última sonrisa antes de convertirse en la opaca grafía de un expediente.

No cabe duda de que Esbirros del escritor jaliscience Antonio Ortuño (Páginas de Espuma, 2021), es una de las mejores recopilaciones de relatos que se han publicado en los últimos años en el ámbito castellano. Se trata de once cuentos que abordan el complejo tema del poder y los múltiples estratos que soportan su andamiaje ruin. Son relatos de alta factura estética y de composición precisa, donde se muestran diversos engranajes de esa sórdida cadena de mando que significa cualquier relación social. Con una acidez punzante, Ortuño despliega el tema de la sumisión como ese procedimiento indispensable para obtener un sitio dentro de los registros del poder; ya sea en una infinita sucesión de servilismo (“Historia del cadí, el sirviente y su perro”), en el motivo del asesino salvador (“El horóscopo dice”), o en la feroz insubordinación generacional (“El escriba”). En todos los casos, la humillación  aparece como el mecanismo primordial de susbsistencia, en un contorno de hostilidad extrema, y donde el endeble espectro moral ha sido devastado por completo.

Jim Morrison. El yo desbaratado en poesía y el yo que es otro confluyendo en un delirio interminable. El chaman bajo la luna desértica. El lobo de la carretera adormecida. El astro veloz de la ciudad moribunda. El barco embriagado alrededor de la serpiente de piedra. El niño solitario que aguarda la media noche para soltar el llanto.  

Jim Morrison es el tótem de la destrucción luminosa que ha encontrado un refugio en el rock and roll. El único lugar para las almas extraviadas, para aquellos que perdieron el rumbo desde los primeros pasos. Aún muchos vagabundos en los suburbios del mundo tararean sus canciones como un himno que ha de sofocar su fractura cósmica. Su herida primigenia. 

“Avasallante, enceguecido por la radiación de un ánimo lírico, el canto circula por todos los puntos cardinales,  al sur y más al sur, de Cuzco al Chimborazo, de Medellín a Caracas y a los Andes, tomando café, hablando del árido paisaje de sangre, palpando la tristeza antigua de vernos casi despiertos, casi por despertar pero aún dormidos, tratando de recobrar la fuerza que la arrebatada alegría perdió con el goce de nuestros fracasos, al ver, cómo “los pueblos se dispersaban  como archipiélagos marcados con tiza”.  Un canto en contra del sueño profundo de los siglos, un canto que  resuena como una marea que trae de vuelta las armaduras llegando sin rasguño a posarse sobre la arena. En el canto se vuelve y también se avanza, se destila la sustancia con la cual ha de brillar el tiempo carcomido, el llanto, la derrota”. El señor L

Texas I love you aborda el tema de las ejecuciones de latinoamericanos condenados a la pena de muerte en aquel estado del país del norte. René Morales retoma los expedientes de muchos enjuciados desde mediados de los años ochenta hasta el 2012, y con ese material crea un coro de voces que hablan desde la muerte: historias de pobreza, marginación y violencia; “el sueño americano como pesadilla”, apunta Nervinson Machado en la nota preliminar. Así, escuchamos a Rubén Cantú, aprehendido por robar una casa: “Ni los dioses ni nosotros/ seremos los mismos/ al terminar el día”. Escuchamos a James Martínez hablarle a su esposa: “Te prometo que volveré a casa temprano/tocaré la puerta del departamento 404 A/ y te diré que no ha pasado nada nuevo/ que estoy un poco cansado…” Es una poesía que le da voz a los muertos y, al mismo tiempo, expresa el sentir de muchos migrantes condenados: “Quiero decirle una sola cosa: yo también soy una víctima, igual que usted… pero vamos, no se asuste/ ahora se lo dice un fantasma”.

“Es el cubismo una mirada obvia del progreso inevitable de la pintura; en un inicio se buscó la representación fiel de la realidad en territorio imposible, lo bidimensional de un lienzo. Tardaría décadas en germinar gracias al interés genuino de quien sigue los pasos de aquellos que abrieron senda. Luego la pregunta tocaría a la observación detenida: ¿será posible mostrar en una sola imagen todos los ángulos que miran la realidad?”
Sebastián Coutiño