“Se dice que Onetti era un sujeto negado a cualquier tipo de empatía. Idea Vilariño ha dicho con resentimiento, que a pesar del profundo amor que sintió por él, nunca llegó a conocerlo, porque el novelista nunca mostró su rostro. “Ni siquiera en sus cartas es capaz de tocar al otro, de comunicarse, de hablar”. No obstante, en su lejanía, Juan Carlos Onetti llegó como pocos a los confines del espíritu humano. A sus pozos más hondos y sus periferias más desoladas”.
Leopoldo Lezama

Con el asesinato de Joan Vollmer en septiembre de 1951 en la Ciudad de México, William Burroughs mató a la realidad en favor de otra mayor: la cimentada sobre la violenta quimera mental. El sacrificio que Burroughs ofrendó a la deidad de la escritura fue la del único ser que comprendió su espíritu (la madre de sus dos hijos). Sin embargo, el dios que William Burroughs intentó apaciguar con la muerte de Joan era demasiado voraz: el Dios de las posibilidades mentales, la máquina ciega que reproduce mundos inauditos en la oscuridad (así como la máquina binaria que inventó su abuelo paterno fue la primera en controlar cantidades ilimitadas). Cuenta la Biblia que al pedir una prueba de fe, Dios detuvo a Abraham cuando éste se encontraba a punto de asesinar a su hijo Isaac; sin embargo, nadie detuvo la mano de Burroughs en su prueba definitiva para acceder a la totalidad.

Con apenas un puñado de poemas, Izel Shamaní se sitúa en medio de todas las tristezas. Es un alma vieja que ha sentido con intensidad los padecimientos del mundo. Sin embargo, no ha tenido miedo y se ha atrevido a caminar en la oscuridad, bajo ese “recrudecido mecanismo” que implica transitar por la vida. Sus Ausencias son un registro sensible de la brutal conmoción que deja una pérdida. La ausencia acrecienta la soledad y la convierte en una madrugada interminable donde el espíritu no encuentra reposo. Una luz encendida en un cuarto vacío; una última sonrisa antes de convertirse en la opaca grafía de un expediente.

“Los muertos son una paradoja, ellos son los ausentes que nos negamos a dejar que se desvanezcan del todo. Ellos ocupan un vacío que nosotros, quienes sobrevivimos, necesitamos llenar con historias, recuerdos, hasta invenciones. Son una página en blanco que hizo irrupción en un continuum de letras y ruido para obligarnos a encontrar un sentido. Porque la muerte es el absurdo absoluto, allí está el lenguaje, y en él la escritura para alcanzar una comprensión. Incluso si ésta nunca puede ser más que paradójica, estar llena de contradicciones. El ensayo de Melina Balcázar es breve, pero apunta en diversas direcciones que resuenan en el lector una vez que éste cierra el libro. ¿Hasta qué punto nuestra experiencia de la muerte es intransferible? ¿Cómo compartirla con los demás mediante el lenguaje que utilizamos todos los días, herramienta manoseada, acaso demasiado conocida, despojada de trascendencia?”
Félix Terrones

“En toda carrera importante y reñida puede haber un tipo como yo dispuesto al sacrificio para tronarse y tronar a los demás, cuyo único papel en la pista o en la calle es ser un señuelo, una carnada que los punteros siguen para catapultar al compañero de equipo que puede ganar la competencia. La liebre es un perdedor cuyo nombre no importa, un corredor bueno, esforzado, pero que no está ahí para ganar; sin embargo, debe parecer que puede ganar para que se haga efectivo el engaño”.
Sergio Osorio

Alguna ocasión William Faulkner dijo con fría certeza que Thomas Wolfe era “el mejor fracaso de la literatura norteamericana”, quizás porque este autor monumental había sido menos apreciado que narradores contemporáneos como John Dos Passos, Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald. No obstante, Faulkner también fue atinado cuando dijo que Wolfe es el mejor escritor de esa brillante generación. ¿Por qué un prosista extraordinario de la talla de Thomas Wolfe se aprecia casi ochenta años después de su muerte? Acaso porque no alcanzó a afianzar su posteridad debido a su temprana muerte en 1938 a los treinta y siete años, o porque su obra, desmesurada y experimental (que le valió la crítica de sus colegas y editores) tardó en encontrar a sus lectores. Por tal motivo, es estimulante ver traducidos al castellano los cuentos de uno de los maestros de la narrativa contemporánea (su reconocimiento en nuestro idioma no ha sido siquiera cercano a lo que merece). Se trata de un voluminoso tomo de casi mil páginas editado por Páginas de espuma (2020), que en palabras de su traductora Amelia Pérez de Villar, da cuenta de “un corpus titánico que contiene un universo titánico”.

El poema de Josué Ramírez es un paseo por las formas del placer que se hacen presentes en las extensiones de la noche. La noche estimulante y frenética como un golpe de cocaína en el cerebro; la noche como un transcurso donde el sentido se afina bajo esas “capas de emociones y deseos” que la oscuridad oculta. Y entre esos signos que se van fraguando en el vértigo nocturno, surge la poesía.

Un hombre una noche llega de trabajar y ve a un individuo uniformado salir de su casa acomodándose la camisa, con todos los indicios de haber cometido adulterio. El hombre enfurece, interroga a su esposa (quien está vestida para la ocasión) y antes de cometer una locura, descubre detalles que ponen en duda los hechos. ¿Fue todo una alucinación? Esta magia la consigue Enrique Herrera con su magnífica pluma en apenas unas líneas.

Partiendo de la lectura de Samarcanda, novela del escritor Amin Maalouf, Pável Granados relata la asombrosa historia de los Rubaiyat, uno de los libros más importantes de la poesía de Oriente, cuya copia, según el relato de ficción, habría desaparecido con el hundimiento del Titanic. Granados sigue las huellas de la obra traducida por el erudito inglés Edward FitzgGerald en 1859, y su paso por México, donde gozó de la admiración y el estudio de poetas de la talla de José Juan Tablada, José Gorostiza y Alí Chumacero.

Un día, un hombre aparece en un hospital convertido en una mosca que deambula por las salas de los convalecientes. De esa forma, la mosca conoce la historia de don Ángel, un integrante de un trío de boleros quien en su agonía vive una situación embarazosa: un hijo hasta entonces desconocido llega a visitarlo ante el estupor de su familia. El presente relato de Enrique Herrera está lejos de ser una oscura fábula kafkiana; en cambio tenemos una historia profundamente humana, donde la compasión y la reconciliación son una alternativa en momentos en que la existencia se encuentra en situaciones límite. 

Bajo la formidable pluma de Pável Granados, Dorothy, el personaje de El Mago de Oz, ha logrado desenvolver su mundo interior, desde su enojo porque sus zapatillas han sido robadas del museo de Minnesota, hasta sus ideas supremacistas, encarnadas en su desprecio a Calibán, el célebre esclavo de La Tempestad de William Shakespeare. La representación de lo ficticio visto a través de la intimidad de un personaje y la idea de que los prototipos terminan donde comienza una visión del mundo, aparece aquí, en una excepcional pieza literaria.

Sandro Cohen fue uno de los editores, poetas y traductores mexicanos (nacido en New Jersey) más importantes de las últimas décadas. Su libro “Redacción sin dolor” es un clásico para los estudiantes de lengua y literatura castellana. Es recordado también por fundar la Editorial Colibri, y por impulsar la célebre Generación del Crack, que dio a conocer a escritores como Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Eloy Urroz y Vicente Errasti, entre otros.