La urgencia por dinero hace miserable a la gran mayoría de los seres humanos. Tengan mucho o nada, sus vidas están calificadas y cualificadas sobre la base infranqueable de cuánto de lo que hacen puede hacerse visible con respecto a lo material.  Si alguna tentativa artística o intelectual había en estos sujetos, se ve rápidamente subordinada al valor monetario. Pocos son quienes en su conformación interna tienen el tamaño para suplantar la presión económica por otro tipo de sustentos. Los vagabundos deberían ser promovidos a santos modernos. La mayoría toma el camino directo al buró a riesgo de parecer un fracasado.

Cuando en las discusiones sobre el sentido y la finalidad de la enseñanza de la filosofía y de las humanidades en el nivel medio superior del sistema educativo nacional se utilizan las expresiones “bachillerato mexicano” o “enseñanza media mexicana”, lo se que genera de principio, por decir lo menos, son efectos discursivos y conceptuales indeseables. Se ocultan las múltiples tradiciones e historias que conformarían las humanidades y la filosofía en México. Se oculta el carácter institucional de esas historias. Se ocultan las discusiones y conflictos conceptuales sobre la enseñanza de la filosofía y las humanidades en México.

Se privilegia una historia dominante y se la vuelve hegemónica: la de la historia de la filosofía y las humanidades vinculadas a la Universidad Nacional Autónoma de México. Se pone una cosa por otra, una parte por el todo. Se regresa a una caracterización tópica –como un conjunto de disciplinas académicas que se ejercen en instituciones de educación superior relacionadas con la comprensión del ser humano y sus afanes; como cultivo de la humanidad– inservible para discutir y pensar las humanidades específicas para la educación media superior (EMS) mexicana.
Francisco Barrón

¿Qué permanece del escritor argentino Julio Cortázar además de su obra magnífica, siempre leída con el mismo placer? Queda la manera de hacer visibles las hebras de una realidad múltiple, el esfuerzo por rondar los límites y a menudo traspasarlos. El suyo fue uno de aquellos pensamientos que contribuyeron al gran rompimiento de los preceptos literarios imperantes en su tiempo, y al resquebrajamiento de la visión ordinaria, tal como suele ocurrir en los sueños, cuando vemos caer una lluvia de fuego y, al despertar, resulta que alrededor todo el paisaje está calcinado.

El uso corriente en México del término humanidades —entre académicos, docentes y funcionarios públicos— se encuentra determinado por discursos y acontecimientos que remiten a la instauración e historia durante el siglo XX de instituciones de educación superior y académicas de investigación. Desde la aparición de la Escuela Nacional de Altos Estudios en 1910 los esfuerzos de los humanistas mexicanos durante todo el siglo XX, y lo que va del XXI, se han dirigido a lograr mantener las condiciones institucionales para la producción y reproducción de su saber educativo y académico.
Francisco Barrón

El periplo ha sido largo para llegar a darnos cuenta que cuando decíamos y peleábamos por las humanidades en la educación mexicana usábamos una caracterización ambigua y un cliché.  Cuestión de la que son continuación y efecto los documentos oficiales. Así se nos ha vuelto evidente que es imperioso discutir sobre una caracterización adecuada de las humanidades en el sistema estatal educativo mexicano y sobre unas humanidades específicas para la EMS.
Francisco Barrón

“La mente funciona bien en ese aire enrarecido. Paso horas en la cafetería de la Facultad, discutiendo con mis compañeros. Hablamos de Ezra Pound y las posibilidades del verso proyectivo, de la desintegración del lenguaje en Céline, de Adorno y Benjamin y Arendt y Sontag. Traducimos, escribimos ensayos, publicamos reseñas, editamos revistas literarias, todo apasionadamente, fumando”.
Agustín Cadena

El presente relato de Rocío Cruz es una metáfora de la autoliberación y una exacerbación de las pasiones humanas. Por medio del viaje psicotrópico, se plantea la sanación epifánica del mundo interior, no sin rozar los límites de la locura y la muerte. En el fondo, está el tema del severo camino del autoconimiento y el esfuerzo monumental que debe realizar el espíritu por lograr una conexión absoluta con el mundo.

No cabe duda de que Esbirros del escritor jaliscience Antonio Ortuño (Páginas de Espuma, 2021), es una de las mejores recopilaciones de relatos que se han publicado en los últimos años en el ámbito castellano. Se trata de once cuentos que abordan el complejo tema del poder y los múltiples estratos que soportan su andamiaje ruin. Son relatos de alta factura estética y de composición precisa, donde se muestran diversos engranajes de esa sórdida cadena de mando que significa cualquier relación social. Con una acidez punzante, Ortuño despliega el tema de la sumisión como ese procedimiento indispensable para obtener un sitio dentro de los registros del poder; ya sea en una infinita sucesión de servilismo (“Historia del cadí, el sirviente y su perro”), en el motivo del asesino salvador (“El horóscopo dice”), o en la feroz insubordinación generacional (“El escriba”). En todos los casos, la humillación  aparece como el mecanismo primordial de susbsistencia, en un contorno de hostilidad extrema, y donde el endeble espectro moral ha sido devastado por completo.

“Avasallante, enceguecido por la radiación de un ánimo lírico, el canto circula por todos los puntos cardinales,  al sur y más al sur, de Cuzco al Chimborazo, de Medellín a Caracas y a los Andes, tomando café, hablando del árido paisaje de sangre, palpando la tristeza antigua de vernos casi despiertos, casi por despertar pero aún dormidos, tratando de recobrar la fuerza que la arrebatada alegría perdió con el goce de nuestros fracasos, al ver, cómo “los pueblos se dispersaban  como archipiélagos marcados con tiza”.  Un canto en contra del sueño profundo de los siglos, un canto que  resuena como una marea que trae de vuelta las armaduras llegando sin rasguño a posarse sobre la arena. En el canto se vuelve y también se avanza, se destila la sustancia con la cual ha de brillar el tiempo carcomido, el llanto, la derrota”. El señor L

Texas I love you aborda el tema de las ejecuciones de latinoamericanos condenados a la pena de muerte en aquel estado del país del norte. René Morales retoma los expedientes de muchos enjuciados desde mediados de los años ochenta hasta el 2012, y con ese material crea un coro de voces que hablan desde la muerte: historias de pobreza, marginación y violencia; “el sueño americano como pesadilla”, apunta Nervinson Machado en la nota preliminar. Así, escuchamos a Rubén Cantú, aprehendido por robar una casa: “Ni los dioses ni nosotros/ seremos los mismos/ al terminar el día”. Escuchamos a James Martínez hablarle a su esposa: “Te prometo que volveré a casa temprano/tocaré la puerta del departamento 404 A/ y te diré que no ha pasado nada nuevo/ que estoy un poco cansado…” Es una poesía que le da voz a los muertos y, al mismo tiempo, expresa el sentir de muchos migrantes condenados: “Quiero decirle una sola cosa: yo también soy una víctima, igual que usted… pero vamos, no se asuste/ ahora se lo dice un fantasma”.

“Es el cubismo una mirada obvia del progreso inevitable de la pintura; en un inicio se buscó la representación fiel de la realidad en territorio imposible, lo bidimensional de un lienzo. Tardaría décadas en germinar gracias al interés genuino de quien sigue los pasos de aquellos que abrieron senda. Luego la pregunta tocaría a la observación detenida: ¿será posible mostrar en una sola imagen todos los ángulos que miran la realidad?”
Sebastián Coutiño