El cine mexicano que ha abordado la extrema violencia que se vive en México desde hace varios sexenios, nos dice Luis Fernando Gallardo, ha sido un elemento esencial para romper el pacto de censura entre el gobierno y los medios de comunicación. Se trata de un tipo de cine que es a un tiempo arte, documento y denuncia, pues ha puesto en los ojos del mundo problemáticas como los muertos del narcotráfico, el drama de los migrantes o el horror de los feminicidios. Cintas como “El violín” (2005) de Francisco Vargas, “Las elegidas” (2015) de David Pablos, o “Tempestad” de Tatiana Huezo (2016), confirman lo que dice Gallardo: “La realidad es tan cruda que los artistas toman dictados de la realidad. No es necesario crear mundos”.

Nuestro discurso sobre la violencia hasta ahora ha sido elaborado exclusivamente en el lenguaje político. Sólo cabe pensar la violencia, o bien, como la ausencia de un Estado que nos proteja a los ciudadanos del caos, o bien, como el exceso de ese orden institucional que termina aplastando a quienes se supone debería resguardar. La violencia entendida de esta manera, se ha representado simbólicamente en las figuras bíblicas del Leviatán y de Behemoth. “Pero”, se pregunta Francisco Barrón, “¿se nos escapa alguna forma de violencia al quedar situados en este plano político?” Barrón propone la elaboración de un discurso estético de la violencia, que nos permita entenderla como el mantenimiento de las condiciones sensibles que reproducen cuerpos humanos a disposición de las pasiones de otros cuerpos humanos. Es decir, aquellas condiciones que posibilitan que unos cuerpos sean utilizados, desgastados y agotados para el goce desmedido de otros.

El concepto que Fernando Brito (Culiacán, Sinaloa) ha desarrollado en proyectos como “Tus pasos se perdieron en el paisaje”, es sin duda un parteaguas en la fotografía de nota roja producida en México. Al margen de la conmoción que provocan las imágenes de asesinatos que llenan las páginas de los diarios mexicanos, los durmientes de Brito sugieren otras sensaciones extraídas de esos mismos escenarios: la soledad, la tristeza, el abandono y una forma de ternura capaz de crear una estética poderosa y original. La obra de Brito demuestra que los límites entre la muerte, el horror, la compasión y la belleza son siempre permeables.

El presente trabajo aborda los discursos políticos construidos en torno a fenómenos violentos que desde hace varios años han marcado la vida social y económica de Medio Oriente y de México: el “terrorismo islámico” y el “narcotráfico”. Agata Pawlowska desarrolla la idea de que estas nociones, en el terreno público y mediático, construyen la ilusión de un “enemigo”, un “adversario abstracto”, que sirve a los gobiernos para legitimar medidas de seguridad “con el fin de concentrar el poder y disminuir las libertades civiles”. Este “peligro” justificó la intervención militar en Irak luego de los sucesos del 11/S en New York, y ha sido el gran pretexto para la militarización de buena parte del territorio mexicano. Es una excepcional investigación que explica cómo el miedo inducido ha sido la herramienta fundamental de los gobiernos americano y mexicano recientes para ejercer el control no sólo sobre grupos disidentes o criminales, sino sobre la sociedad civil en general.