Bricos: 25 años de Brigadas Civiles de Observación en el sureste mexicano

"Abeja zapatista", Alejandra Trazos, 2020.

Por Eleuterio Gabón

 

El centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas (Frayba) configuró un programa para que la presencia de observadores en las comunidades indígenas chiapanecas sirviera de disuasión a las agresiones que sufren por parte de grupos paramilitares o del propio ejército mexicano. Eleuterio Gabón detalla la experiencia.

 

27 MAR 2020 08:00

El centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas (Frayba) cumple 25 años organizando las Brigadas Civiles de Observación (BriCO) en el estado de Chiapas, México. A demanda de distintas comunidades indígenas amenazadas por defender sus derechos como pueblos originarios y sus formas de organización autónoma, el Frayba configuró este programa para que la presencia en las comunidades de observadores extranjeros o nacionales sirviera de disuasión a las agresiones que sufren por parte de grupos paramilitares o del propio ejército mexicano. Hasta el momento cerca de 13.000 personas de más de 60 países han colaborado en el programa.

Para participar en las BriCO es necesario un aval de una organización colaboradora con el Frayba. En Valencia, la Asamblea de Solidaridad con México (ASMEX) se encarga de otorgar estos avales tras realizar un cursillo de formación. Lola Cubells, miembro de ASMEX, reflexiona sobre la condición de brigadista: “Las bricos son un espejo, un espejo incómodo. Por un lado te hacen sentir útil al comprobar que tu mera presencia allí puede ser beneficiosa para la seguridad de las comunidades”, explica. “Por otro te hace plantearte lo que esto supone, es decir, en el mundo racista y clasista en el que vivimos, la vida de un indígena al que resulta fácil amenazar, incluso matar, vale menos que la de un europeo. Es una cuestión de privilegio, te hace ser consciente de ese privilegio incómodo que tenemos”, añade.

Las bricos son un espejo, un espejo incómodo. Por un lado te hacen sentir útil al comprobar que tu mera presencia allí puede ser beneficiosa para la seguridad de las comunidades. Por otro te hace plantearte lo que esto supone, es decir, en el mundo racista y clasista en el que vivimos, la vida de un indígena al que resulta fácil amenazar, incluso matar, vale menos que la de un europeo.

Tras cruzar el océano, una vez ya en San Cristóbal, los voluntarios acuden al Frayba para recibir una pequeña pero necesaria formación y configurar los grupos que viajarán a las comunidades de destino. En este caso concreto, se forman dos grupos. Uno irá al caracol zapatista de La Realidad, una comunidad en la selva cerca de la frontera con Guatemala donde en 2014 fue asesinado el maestro Galeano, cuyo nombre tomó desde entonces el subcomandante Marcos (ahora sub Galeano). “La realidad” la mostrará Acteal, situada en los Altos de Chiapas, lugar de la horrible matanza del 97, por la que la organización de Las Abejas sigue pidiendo justicia por lo ocurrido y resistiendo de forma autónoma.

UNA LECCIÓN DE DIGNIDAD

Al llegar a Acteal recibe la lluvia, un suelo embarrado y la sonrisa de dos mujeres que no hablan el castellano. Nos invitan a pasar a la cocina y nos ofrecen café. La cocina es una construcción abierta para que se escape el humo de la higuera sobre la que se cocina con unas parrillas. Allí se calienta el café y se hierven los frijoles y el arroz. El fuego no se apagará durante la estancia. Las mujeres, siempre cansadas y totalmente incansables, cocinan y trabajan todo el día y casi toda la noche.

Hay dos mesas de madera, algunas sillas de plástico y cacerolas, cubetas y vasos apilados en el suelo de tierra. Es ahí donde el grupo pasará muchas horas compartiendo con ellas el espacio, el café y el calor del fuego, oyéndolas hablar en tzotzil, lengua maya lejanísima para los oídos y la cultura de los visitantes. También habrá alguna conversación con las que sí hablan el “castilla”. Los niños juegan fuera inventándose de la nada juguetes y diversiones; los hombres van a la milpa o cortan la leña, también se encargan de las cuestiones políticas.

La organización de Las Abejas forma parte del Congreso Nacional Indígena, es en Acteal donde reside su mesa directiva que se renueva anualmente. Después de la matanza del 97, enmarcada dentro de la guerra contrainsurgente desatada contra el EZLN, decidieron desvincularse del gobierno y comenzaron a organizarse de forma autónoma, “como nos enseñaron nuestros antepasados”. La mesa está compuesta por seis directivos que representan a 28 comunidades de tres municipios distintos, alrededor de 500 familias. Desde hace algunos meses también viven allí unas 35 personas desplazadas de su comunidad en Los Chorros.

Los desplazados son también Abejas, gente pacífica, católicos de la teología de la liberación. Esta condición religiosa es algo que suele chocar a muchos de los brigadistas que por lo general prefieren hacer su observación en comunidades zapatistas, más acorde con sus imaginarios y modelos de resistencia. Ya en el Frayba advirtieron al grupo que “estos juicios tienen un rasgo colonial, en el pasado les llevamos la cruz y ahora los consideramos igualmente ignorantes por creer en ella”.

Cabría señalar además que muchos zapatistas también son católicos. Tampoco falta en la comunidad quien explique que para ellos “ser cristiano no es pasar todo el tiempo adorando a Dios, hay que saber analizar la realidad y conocer los desmanes del neoliberalismo”. Quien habla es un catequista desplazado por las amenazas y agresiones que sufrió en su comunidad a causa de los discursos anticapitalistas que pregonaba en sus homilías. Entre otros recibió ayuda y apoyo de los zapatistas, al respecto añade: “Los zapatistas consideran a las Abejas sus hermanos y viceversa”.

Otro problema al que se enfrentan Las Abejas es la presión del gobierno y sus partidarios para debilitar su organización. Además del esfuerzo que supone para Las Abejas mantener su autonomía y su reivindicación de justicia durante más de veinte años, otro problema al que se enfrentan es la presión del gobierno y sus partidarios para debilitar su organización. Durante estos años se han producido dos escisiones en su seno; se trata de personas que han decidido aceptar el dinero del gobierno a modo de indemnización para renunciar a su reclamo de justicia por el crimen del 97. Al respecto, el actual presidente de la mesa directiva, el joven Simón Pedro, resume su postura: “El gobierno tiene mucho oro pero nunca será suficiente para comprar la sangre de nuestra víctimas”.

Después de una masacre tan terrible, impresiona como en este mismo lugar se siga alimentando la vida. De esta tierra no se sacan grandes beneficios económicos pero su valor, por su dignidad, es incalculable.

Durante la estancia en la comunidad el grupo coincide con dos brigadistas noruegos, Lass e Inga. Llevan más de 6 meses recorriendo Centroamérica con proyectos de solidaridad. Comparten su experiencia como observadores en Acteal. Inga se sorprende de cómo la organización de una pequeña comunidad indígena pacifista sigue representando un problema para un Estado tan poderoso. “En sus difíciles condiciones de vida resulta comprensible que otros hayan aceptado pactar con el gobierno sin embargo ellos resisten, es admirable”. Por su parte Lass opina que “después de una masacre tan terrible, impresiona como en este mismo lugar se siga alimentando la vida. De esta tierra no se sacan grandes beneficios económicos pero su valor, por su dignidad, es incalculable.”

Mecha, perteneciente a la red de solidaridad zapatista en Argentina, brigadista también en ese momento, destaca su trabajo y el compromiso con su comunidad: “Una puede comprobar aquí cómo la dignidad cuesta mucho esfuerzo.”

Lass coincide también en el fuerte sentimiento de comunidad donde conviven todas las edades y en el impacto que supone ver de primera mano “cómo el mismo sistema económico que mantiene el nivel de vida en nuestros países resulta tan opresivo para esta gente”. En la vida en comunidad uno entiende que la diferencia entre ricos y pobres es que los pobres comparten todo con absoluta normalidad. Tal vez, hacerse rico es ir acumulando cosas propias, cosas que te diferencian y te separan de los otros y te convierten cada vez en un ser más individualista.

La estancia es tranquila, mucho tiempo para leer, conversar y hacer reflexiones como las anteriores. A veces uno llega a preguntarse cómo de necesaria es nuestra presencia allí y si realmente sirve para algo. El único momento en que nuestra presencia se percibe más necesaria, sucede durante una visita de representantes del gobierno municipal, la policía y el grupo escindido de Las Abejas para dirimir un asunto de propiedad de tierras en la comunidad.

Este grupo antes denominado “Sembradores de la Paz” atacó y destrozó la clínica de Acteal y un par de casas el pasado mes de septiembre. La cosa no fue a mayores porque las mujeres pusieron el cuerpo para defender la oficina de la mesa directiva. En esta ocasión la visita está pactada y mediada por agentes de la municipalidad. Sin embargo la mera presencia de todos ellos genera cierta tensión y refleja la vulnerabilidad que tiene esta comunidad pacífica. La jornada transcurre sin mayor sobresalto. Ya por la noche en la cocina, una de las mujeres disipa las dudas de los visitantes: “Nos sentimos más seguros con ustedes, estamos muy contentos de que estén aquí.”

En la vida en comunidad uno entiende que la diferencia entre ricos y pobres es que los pobres comparten todo con absoluta normalidad.

Tras 15 días de convivencia en las comunidades regresamos a San Cristóbal para entregar el informe de nuestras observaciones, este pequeño trabajo servirá para elaborar el informe anual que realiza el Frayba sobre la situación de derechos humanos en Chiapas. Una vez allí, el grupo compartirá las experiencias con las demás brigadistas.

 

UNA LECCIÓN DE HUMILDAD

Las compañeras que han ido a La Realidad llevaban ya algún tiempo por Chiapas y participaron en el encuentro “Mujeres que Luchan” organizado por mujeres zapatistas en el caracol de Morelia el pasado mes diciembre, donde se citaron más de 4mil mujeres. Tras esta experiencia decidieron unirse a las BriCos, a su regreso conversamos con ellas. La comunidad está en la selva, un lugar hermoso, cerca de una base militar del ejército de mexicano. Su campamento estaba situado en un puesto de vigilancia desde donde anotaban las matrículas de los vehículos militares que pasaron por la carretera junto a su puesto.

Cuentan que no han tenido tanto contacto con la comunidad como nosotros pero se han sentido cuidadas. En las mañanas las mujeres les traían café y tortillas, después, por las tardes dos responsables de su estancia pasaban unas horas hablando con ellas, respondiendo a sus preguntas sobre el zapatismo y otros temas. Cada una de ellas explica sus sensaciones.

Ana viene de Argentina participa en colectivos feministas de su ciudad, ya conocía el zapatismo a través de comunicados, libros y documentales: “Ha sido un viaje de la teoría a la práctica, toda una experiencia, ver cómo es la vida en resistencia impresiona, mis expectativas se han superado con creces.” Ana explica también  ese contraste entre lo que uno imagina y lo que se encuentra: “Llegamos con nuestras ideas preconcebidas y estar aquí te hace situarte, replantearte las cosas. Como feminista me causaba conflicto ver cómo aquí los roles están muy marcados, sobre todo en lo que respecta a trabajos y cuidados. Sin embargo aprendes a no juzgar, ellas llevan su camino, también se están deconstruyendo en sus modos y a sus ritmos. Nuestro contexto y nuestra cultura son diferentes. Nosotras venimos aquí con el privilegio que ello supone y ellos nos abren las puertas de su casa sin juzgar ni preguntar. Ellas no tienen la posibilidad de venir a nuestros países, ¿qué pensarían de nosotras, de nuestras formas de actuar y de organizarnos?” Por otro lado poder conocer de cerca la situación de los pueblos indígenas en México, le sirvió para preguntarse por sus propias raíces indígenas, “un tema invisibilizado en Argentina”.

Julia es vasca, sabía del zapatismo pero no en profundidad. Vio en la posibilidad de participar en las BriCos una motivación diferente para viajar y conocer el país y su cultura de forma diferente, utilizando su privilegio no como turista sino para colaborar en la observación de Derechos humanos en los pueblos indígenas. Para ella la experiencia ha supuesto una lección de humildad. “Es inspirador, ellos no quieren vivir como nosotras, viven en la autonomía que han creado. Estando allí echas de menos muchas cosas de tu vida diaria, lo que hace que te replantees cuántas necesidades creadas tenemos. Te hace cuestionar la complejidad estéril y a menudo destructiva de la sociedad moderna. Ellos tienen una conciencia profunda de que su vida es una lucha y son felices con ese compromiso”.

Como feminista me causaba conflicto ver cómo aquí los roles están muy marcados, sobre todo en lo que respecta a trabajos y cuidados. Sin embargo aprendes a no juzgar, ellas llevan su camino, también se están deconstruyendo en sus modos y a sus ritmos.

Cata es de Alemania y es activista en su país. Nos habla de las distintas sensaciones que ha experimentado durante estas dos semanas. “Al principio me costaba asumir el hecho de que 6 personas metidas durante 15 días en el mismo lugar, con tanto tiempo ocioso, pudiera tener algún sentido. Lo veía innecesario, no lo comprendía. Lo que he aprendido es que no es necesario que yo entienda al 100% y en tan poco tiempo, el contexto en el que estoy ni el trabajo que llevan haciendo años tanto el Frayba como las comunidades. Si piden nuestra presencia es por algo, aunque nosotras no alcancemos a verlo todo. Debes asumir tu pequeño papel, no venir como quien llega a realizar un gran gesto solidario por llegar hasta allí, casi esperando a que te hagan un reconocimiento, cuando esta gente vive en resistencia y lucha continua. Es una lección de humildad, no llegas para salvar a nadie, ni para dar lecciones de nada, sino para aprender y colaborar. Esta es una de los aprendizajes que me llevo”.

Otras reflexiones de Cata se centran en la experiencia que se llevará de regreso para continuar con su activismo en su país. “Ver la forma en que se organizan y trabajan también me hace repensar los procesos de lucha que tenemos allá. Si no nos abrimos, salimos del gueto y llegamos a la gente, escuchándonos, dejando de juzgar y aceptando nuestras diferencias, no lograremos cambiar nada. Eso también me lo llevo de vuelta”.

Acaba la charla y todo el mundo se despide, cada una a su tiempo regresará a sus lugares con lo aprendido. En Chiapas la vida seguirá su curso. La solidaridad internacional seguirá siendo necesaria. Durante la estancia del grupo allí, apenas transcurrido el primer mes del año, se han registrado 11 feminicidios en la región. El mes anterior, varios miembros del Frayba recibieron amenazas por hacer su trabajo. Los megaproyectos del gobierno federal como el Tren Maya o la Carretera de las Culturas, planean sobre el futuro de las comunidades indígenas chiapanecas. Con todo hay que seguir resistiendo y resistir también es celebrar, como celebrar por ejemplo los 25 años de solidaridad en defensa de los derechos humanos que cumplen las brigadas de observación internacional en el sudeste mexicano.

 

Créditos:

Eleuterio Gabón

Comunicador social y reportero, miembro de Radio Malva ha publicado en varios medios alternativos como El Salto, Rebelión o Contagio Radio en Colombia. Ha publicado el libro de crónicas valencianas “Del Mort al Degollat” en 2010 y “Caminar la noche: 40 voces del activismo internacional” de la editorial Descontrol en Barcelona 2017.

Alejandra Trazos

La comunicación visual y las artes plásticas han sido mi ruta. El camino lo ha marcado la atención por el accidente, la violencia y el goce. Estudio y trabajo en ambos hábitos y busco nuevas explicaciones. No hay mejor confidente que un papel y alguna tinta.