Contra la Historia del pensamiento filosófico en México

Ilustración de Alejandra Trazos Ilustración de Alejandra Trazos

José Francisco Barrón Tovar

 

 

Sin problema podría afirmarse el día de hoy que en México se encuentran públicamente bien afianzados los discursos institucionalizados de legitimación o justificación de la función social de la filosofía. Discursos que conciben de determinada manera el ejercicio de lo filosófico. Igualmente firmes se encuentran los discursos de la función pedagógica de la filosofía y de su lugar en la escuela. Ambos tipos de discursos —los de la función social y los de la función pedagógica— las más de las veces se confunden. Tan consolidados que nos resultan obvios esos discursos. Con esa obviedad que aceptamos de lo cargado de historia. Lo cierto es que esa obviedad es problemática. Lo cierto es que se trata solamente de un relato de lo que ha pasado. Pero, ¿cómo aceptar un relato como evidencia? ¿Cómo tomar una evidencia como hecho histórico?

La cuestión aquí es que en esos discursos se asume sin chistar un viejo proyecto —una cierta versión de la Ilustración europea—, se asume que ese proyecto se ha hecho nuestra vida político-social y se busca llevarlo a cabo como si en más de un siglo no hubiera pasado nada. Como si realmente ese proyecto político-cultura alguna vez hubiera sido llevado a cabo. Todo pasa aquí como si los grandes relatos de las grandes personalidades filosófico-políticas del pasado fueran hechos determinantes. Una historia y sus supuestos hechos son usados para mostrarnos que sólo nos queda seguir esos relatos y a esas personalidades. Cuando se llega a evaluar los alcances de la eficacia de ese proyecto y esos discursos, vueltos ineludibles, sólo se les encuentra aún no realizados y uno debe prepararse para defenderlos, para realizarlos.

Pero a lo que nos da en llamar “comunidad filosófica mexicana” quizás nos valdría reevaluar ese proyecto que tiene más de un siglo y que hemos heredado, en el que nos hemos formado y por el que nos hemos nutrido. Pero en las maneras acostumbradas en que se historiza las formas de la práctica del pensamiento filosófico en nuestro país se deja fuera siempre aquello que constituye el ejercicio mismo. Casi siempre se prefiere hacer recuento de lo que grandes figuras han dicho y en qué condiciones histórico-políticas se han dicho. No se historiza sus prácticas, los hábitos, las estrategias, las alianzas político-institucionales, las técnicas con las que se ha transmitido la filosofía y que le ha permitido a la “comunidad filosófica mexicana” prosperar o mantenerse viva estos siglos, incluso profesionalizarse. Es más, difícilmente se pone en cuestión el discurso del proyecto con el que se inició la filosofía en México. Se asume y repite… Se defiende. Se desarrolla. Es más, si alguien ejercita la filosofía en México debe buscar que su práctica entre en los tópicos, las maneras gremiales, las formas de ejercer la filosofía legadas de ese proyecto.

Se trata de una cuestión de contarnos de otras maneras lo que quienes hemos elegido ejercer el pensamiento filosófico en México llamamos nuestra historia. Se trata de no preferir este discurso, estilo “historia monumental” o “anticuaria”, les llama Nietzsche, con el que nos gusta contarnos a nosotros mismos haciendo filosofía. Para esto haría falta algo muy complicado: acallar un poco las voces de nuestros padres filosóficos y poner en duda sus voces. El sentido de lo que hacemos y haremos depende de que podamos hacer que nuestros oídos no valoren ciertas instituciones que nos constituyen y que nuestras bocas no prefieran ciertos hábitos que nos han permitido comer. Pero, ¿cómo dejar de lado aquello que nos ha permitido sobrevivir y expandirnos?

El cometido de una genealogía de las tecnologías de transmisión de lo filosófico en México es estudiar todas esas valoraciones, hábitos, prácticas, preferencias, manías, todas esas pequeñas pasiones, alianzas y gustos que no parecen tener que ver con el ejercicio de la filosofía, pero que, se podría sostener, constituyen nuestro hacer filosofía. ¿Cómo contar estas cosas insignificantes? ¿Dónde encontrar que una pasión o una preferencia individual determina nuestras escuelas de filosofía? ¿Cómo decir las alianzas políticas perversas o virtuosas que han marcado nuestro pensamiento? ¿Qué hábitos han determinado los problemas o los conceptos que hemos trabajado por siglos? ¿Cómo contar nuestras manías gremiales o tribales? ¿Como no sobrevalorar nuestra práctica? ¿Es posible contar la historia de nuestro ejercicio de la filosofía estudiando sobre nuestros simples gustos?

Adelantemos algunos tópicos de lo que esta genealogía de las tecnologías de transmisión de lo filosófico podría estudiar. Se trata de problemas recurrentes en los discursos reinantes del proyecto. Lo interesante es que los filósofos hemos tratado de adecuar nuestro decir y hacer, nuestros deseos y prácticas a ellos. Se le podría llamar, en esta genealogía de las tecnologías de transmisión de lo filosófico, sobredeterminación del ejercicio de lo filosófico en México:

 

  • El discurso reinante, esa historia recontada de lo que es hacer filosofía en México, tiende a identificar a la filosofía con la educación, con una tarea pedagógica. Las más de las veces la filosofía, institucional o rebelde, se presenta con un discurso que pretende que la práctica de la filosofía se presenta como maestra de la humanidad. Ya sea que desarrolle las capacidades de los individuos o que mejore moral o estéticamente lo humano. No se ha escatimado en promover o construir instituciones en este sentido.

 

  • Esta tarea pedagógica, por lo menos desde el siglo XIX, va unido a cierto proyecto estatal de construir individualidades con una identidad de ciudadanos mexicanos. Ya sea como una educación moral-sentimental o como la constitución crítica de un tipo de individuo. La cuestión educativa en el ejercicio filosófico en México siempre se ha concedido como una forma de la política. Tal le ha traído hasta el día de hoy dos beneficios a quienes han ejercido la filosofía en México: una forma económica de mantener vivo el cuerpo filosófico y una estrategia para poder enunciar una voz que debería irse porque sabe.

 

  • En este sentido, la utilidad de la filosofía se concibe en México como una forma radical de solucionar los problemas político, sociales e históricos del pueblo mexicano. Educar a los individuos como una forma de la mejoría de la vida. Los filósofos mexicanos prefieren presentar lo que hacen como un discurso, una práctica modificadores de lo socio-político.

 

  • Por ello, una gran parte de la historia del ejercicio de la filosofía en México ha pasado por la discusión: pensamiento libre/pensamiento con tendencia política. Y todo en un tono muy kantiano: uso privado/uso público de la razón. ¿En dónde se cambia más lo social? ¿O se hacen alianzas institucionales o se hace guerrilla?

 

  • Como lo educativo y sus instituciones se han constituido como el espacio de injerencia en la vida de los filósofos, estos siempre han buscado construir una escuela de profesores, donde los profesores de los profesores sean filósofos. Sólo estos últimos pueden enseñar aquello que es necesario para nuestras circunstancias. Igualmente los filósofos en México siempre buscan reformas que pongan los planes de estudio a la altura de la época y respondan a los retos de nuestra historia.

 

  • La filosofía institucional educativa en México se ejerce siempre en oposiciones: institución/rebeldía, posgrado/licenciatura, bachillerato/universidad, bachillerato técnico/bachillerato general, etcétera. Estos grados, se supone, son reflejo de jerarquías académicas y de desarrollo de capacidades conceptuales, expresan poder político y virtud vital.

 

  • Lo interesante es que al final, incluso con todo el recuento de cosas que han hecho para sobrevivir, los filósofos, incluso profesionalizados, incluso institucionalizados, quieren que su práctica sea el de un discurso que dice la verdad, que siempre es crítico, salvaje, externo a las condiciones políticas, institucionales, sociales en las que se elabora.

 

Si estos son tópicos a trabajar, hay muchos otros insospechados a descubrir. Pero lo que parece cierto es que estos discursos, estas prácticas han permitido a los filósofos mexicanos mantenerse con vida. El proyecto de la filosofía en México se ha tratado de un proyecto para sobrevivir. ¿Y cómo contar otras historias? ¿Cómo ejercer la filosofía sin ese ánimo de sobrevivir?

 

Bibliografía

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José Francisco Barrón Tovar, “La filosofía en tiempos del cólera. Acercamiento a una diagnosis de respuesta estético-política”, en coautoría con Román Domínguez Jiménez, en Murmullos filosóficos 3, agosto 2012, pp. 13-25. [ISBN 04-2011-120910301100-102]

 

“Tesis sobre el acto de transmisión de las capacidades filosóficas (Educación Media Superior en México)”, en coautoría con Ernesto Priani Saisó, en Murmullos filosóficos 4, mayo 2013, pp. 72-75. [ISBN 04-2011-120910301100-102]

 

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Friedrich Nietzsche, II consideración intempestiva. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Trad. de Germán Cano. Madrid, Biblioteca nueva, 1999.