Un paseo por la obra de Pablo Picasso

"Las señoritas de Avignon" por Pablo Picasso.

Por Sebastián Coutiño

 

La primera obra que conocí de Pablo Picasso fue “Las señoritas de Avignon” cuando tenía 13 años aproximadamente, y a pesar de considerarme un adorador de un tipo de pintura más realista, quedé fascinado con aquella obra compleja. Había algo en ese cuadro, la contundencia de las líneas que parecía encriptar en geometría los cuerpos, algunos rematados inusualmente con ese exotismo africano a modo de máscaras, pero todos en colores tan suculentos que provocarían en mí demasiada emoción, a tal grado de intentar copiarlo, de concebir algo semejante. Recuerdo que pasé toda una noche intentando copiarlo; al fin, para mi criterio infantil no habría demasiada dificultad en ello y me daba cierto alivio pensar que había encontrado un tipo de estilo más sencillo de realizar que la rigurosidad académica y clásica que tanto admiraba del Renacimiento. ¿Qué podría tener de laborioso algo de cierta manera tan simple? Sin embargo volví a frustrarme al no lograr emularlo con rapidez; más tarde comprendería la profundidad que era en sí el cubismo…

Pasé algún tiempo estudiando “Las señoritas de Avignon”; mi madre en ese entonces me había regalado un libro (que aún conservo) de historia del arte con un CD incluido que analizaba piezas famosas de grandes pintores, entre ellas la obra maestra de Picasso. Escuché el análisis varias veces, sin dar importancia alguna al hecho de que eran prostitutas o incluso que las figuras estaban desnudas. A mí lo que me importaba era el uso del color y la línea y cómo poder aplicarlos de forma casi idéntica. Además, para ese momento había visto tanto arte del Renacimiento que la aproximación que tenía del cuerpo humano desnudo era desde una perspectiva de naturalidad y belleza, particularmente en la escultura, de la cual sigo siendo un fanático ferviente. No tengo empacho en señalar a los que se ruborizan con los desnudos como incultos y tontos.

Después tendría la oportunidad de ver más obra de Picasso y nuevamente sería seducido por sus trazos, esta vez rasgados de manera diferente en un dibujo que haría de El Quijote. El boceto de Don Quijote y Sancho hecho por Pablo Picasso fue otra imagen que me obsesionaría: estaba impactado de ver cómo sencillas líneas como rizos de carbón se entretejían y creaban los personajes de Miguel de Cervantes. Encontraba dulzura y asombro en los cortos, sinuosos y casi apresurados trazos del boceto, tanto que me provocaba la sensación de genialidad. Contemplaría ese dibujo detenidamente muchas veces en otro afortunado regalo de mi mamá a manera de libro (esta vez menos enciclopédico). Como por una suerte de magia me atrevería nuevamente a intentar copiarlo, en esta ocasión con mucho más determinación y cuidado que con las señoritas de Avignon (aunque la obra podría parecer simple no la tomaría como una tarea rápida y en cambio, lo ejecuté con toda la  paciencia). Para alegría mía, mi empeño daría frutos y casi me adelantaría a reconocer en mí a un copista profesional: la reproducción hecha del boceto era aceptable y la dibujaría en muchas ocasiones, a modo de regalo a familiares e incluso para un trabajo escolar en secundaria. Sería de mis pocos logros durante mi adolescencia en lo que a pintura se refiere.

Pasado el tiempo vería más de su obra y quedaría sorprendido al saber de su producción más realista, desde sus períodos “azul” y “rosa” hasta obras geniales propiamente académicas. Sentiría mayor admiración al enterarme que fue un pintor formalmente educado en las artes visuales, y sigo creyendo que no hay validez de arte en la pintura que no pasa por un grado de rigurosidad en cuanto a su enseñanza propiamente dicha, es decir, que no se ha educado en el dibujo y técnicas tradicionales para después, y solamente después de haber dominado lo básico, encontrar el sendero que se ha desprendido de los primeros pasos (como dicen coloquialmente, “aprender para desaprender”). Es el cubismo una mirada obvia del progreso inevitable de la pintura; en un inicio se buscó la representación fiel de la realidad en territorio imposible, lo bidimensional de un lienzo. Tardaría décadas en germinar gracias al interés genuino de quien sigue los pasos de aquellos que abrieron senda. Luego la pregunta tocaría a la observación detenida: ¿será posible mostrar en una sola imagen todos los ángulos que miran la realidad?

Porque el cubismo conjuró todos los ojos en uno, hizo que se mirara de frente y detrás el mismo objeto. ¿Y cómo no pudo ser rechazado? Si la perla duramente pulida del realismo pictórico había sudado una eternidad para llegar a la perfección, para que ahora se jalara un poco más el alma hacia un nuevo nivel. Como la danza, así forzaremos al lienzo que es el cuerpo, con la pintura que es el movimiento, hasta que pueda exhalar una vez más, eso que llaman belleza.

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Sebastián Coutiño (Ciudad de México, 1990). Estudió la carrera de Historia y Arte en el Instituto Cultural Hélenico e Historia del Arte en el Centro de Cultura Casa Lamm. Desde los 7 años, período en el que formalmente ya tomaba clases de pintura, ha sentido mucho interés en el rostro humano y gran parte de su producción artística ha girado en torno a él desde esa fecha. Aunque también la abstracción es una forma de pintar que le obsesiona. Actualmente se ha centrando más en el retrato, buscando desarrollar una propuesta que se enfoque en capturar la esencia más pura del ser humano, es decir, que la imagen revele lo mejor de cada quien, donde el resultado sea un testimonio histórico de la época y a su vez sirva siempre como inspiración para el retratado.