El futuro es hoy

"El futuro es hoy". Fotografía de Ana Vertiz. "El futuro es hoy". Fotografía de Ana Vertiz.

EL FUTURO ES HOY

IDEAS RADICALES PARA MÉXICO

Edición y prólogo de

Humberto Beck y Rafael Lemus

*

Prólogo

Que la esclavitud se proscriba para siempre,
y lo mismo la distinción de castas,
quedando todos iguales.
José María Morelos,
 Sentimientos de la nación

 

 

No vamos los revolucionarios en pos de
una quimera: vamos en pos de la realidad.
Ricardo Flores Magón

 

El futuro ya no es lo que era. Durante buena parte del siglo xx, el futuro fascinó a los seres humanos. Hoy ni siquiera las visiones apocalípticas aparecen con la fuerza que solían. Es cierto que la amenaza de una catástrofe ambiental recorre la imaginación contemporánea, pero también es verdad que su temporalidad es imprecisa: el desastre no arribará de pronto y de una vez por todas –como la explosión atómica que tanto temieron las generaciones anteriores– y, de algún modo, ya ha ocurrido y mal que bien aquí seguimos. Aún con menos potencia despuntan en el horizonte las ilusiones utópicas, alguna vez capaces de cautivar y encender a millones de hombres y mujeres. Es sencillo, sí, entrever un futuro en el que, por ejemplo, la tecnología avanza precipitada y casi soberanamente, atestando el mundo con nuevos objetos y desechos y mejorando o empeorando en el camino el estado de las cosas. Lo que es difícil –de pronto, se diría que casi imposible– vislumbrar es otro estado de las cosas. Ya no digamos un mundo ideal sino una economía, una política y una cultura fundamentalmente distintas a las presentes. No podemos imaginar otro mundo, se escucha, porque sencillamente ya no hay otros mundos. Éste es el fin de la historia. Éste es el mundo con el que la historia ha terminado –y es el mejor de los mundos, y es nuestra tarea cuidarlo y afinarlo.

Y sin embargo otro mundo es posible. Afirmar esto, exponer la contingencia del orden actual y la posibilidad de un mundo sustancialmente mejor que el presente, es hoy la condición básica de toda política radical. De hecho, ése es, y acaso ha sido siempre, el objeto de la disputa política: definir qué puede y qué no puede hacerse, qué es remediable y qué no tiene solución, qué es posible y qué es imposible, y a quién toca decidirlo. En uno de los extremos, el poder constituido –ese imperio de Estados y corporaciones y sujetos que administran el aquí y ahora– clausura caminos, reduce el campo de lo posible, decreta inamovible el presente. En el otro, la ingobernable constelación de mujeres y hombres y comunidades que forman el poder constituyente abre boquetes en el presente para mirar por ahí el futuro y cruzar hacia lo desconocido. Este libro milita en las filas de este último bando.

Las sociedades capitalistas contemporáneas han sido particularmente exitosas en sus obras de demolición del futuro. Se conoce la historia: tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, se decretó a un mismo tiempo la muerte de la ilusión socialista, la supervivencia de un solo modelo económico y el nacimiento de un mercado por fin global. También se sabe: como se había alcanzado el supuesto borde de la historia –donde moraban, ya invencibles, el capitalismo neoliberal y la democracia liberal–, se anunció además el fin de la política y el imperio de la gobernanza. Desaparecidas las alternativas, no se trataba más de perseguir la reinvención del mundo sino de administrar lo existente. Era hora de la gestión y del dominio –la policía, en términos de Jacques Rancière– y no de la política, cuya función, lejos de administrar, es desordenar, disentir, exponer las asimetrías del presente y demandar una nueva repartición de los recursos materiales y simbólicos. Era hora, también, de que la razón utópica, acusada de producir monstruos totalitarios, abandonara de una vez por todas el escenario y dejara que la razón tecnocrática penetrara en todos y cada uno de los órdenes de la vida al tiempo que redefinía el marco de lo posible mediante un mecánico cálculo de costos y beneficios. En vez de futuro, se ofrecía un presente en constante crecimiento: cada vez más mercado, más mercancías, más utilidades. En lugar de ilusiones colectivas, una advertencia: sé sensato, invierte en ti mismo y vuélvete deseable para este mundo porque, ay, no conocerás otro.

En los últimos diez años una serie de acontecimientos ha fisurado el consenso pospolítico e instaurado zonas de apertura para la reflexión y la acción alternativas. En primer lugar, la gran crisis económica de finales de la década anterior representó la oportunidad de considerar críticamente las feroces consecuencias de las políticas neoliberales así como, en una dimensión más radical, de repensar las premisas mismas del capitalismo como sistema económico. En segundo lugar, la vigorosa ola de protestas internacionales que sacudió al mundo a comienzos de la década actual      –desde las “primaveras árabes” hasta el 15-M en España y Occupy Wall Street en Estados Unidos– consiguió materializar el enorme descontento global con los sistemas políticos de la democracia liberal representativa, cada vez más lejanos de las verdaderas repúblicas democráticas y más cercanos a las plutocracias y oligarquías. Esta década ha presenciado también el surgimiento de nuevos actores de izquierda que –como Bernie Sanders en Estados Unidos, Syriza en Grecia o Podemos en España– han ambicionado desplazar a los partidos de izquierda tradicionales, anquilosados o cooptados por el consenso neoliberal.

Sin embargo, esas zonas de apertura parecen estarse hoy cerrando. En principio, casi todas las alternativas políticas estatales que emergieron, a pesar de todo, aquí y allá (piénsese, sobre todo, en la “marea rosa” latinoamericana) han colapsado, o están a punto de colapsar, sin haber perforado seriamente la hegemonía neoliberal. Ya se apuran los voceros de la hegemonía a tachar esas experiencias –sin duda conflictivas y contradictorias– de fracasos rotundos, de pesadillas populistas de las cuales deberíamos aprender una sola lección: que no hay alternativas. También aprovechan la caída de esos regímenes para difundir una vez más la gastada noción de que, como el futuro está clausurado, todo cambio radical no es, no puede ser, sino una nociva vuelta al pasado. Más importante todavía: nos encontramos ahora en otro momento dentro de esta temporada histórica, uno marcado por las ondas de una regresión autoritaria, xenófoba y racista, un “contragolpe” destinado a impedir precisamente que las alternativas políticas progresistas surjan de nuevo. Así, el futuro se cierra otro poco mientras que el presente neoliberal, azotado por sus crisis internas y por la siempre creciente evidencia de sus daños, ha perdido toda promesa.

Pocos países han experimentado la tiranía del perpetuo presente neoliberal con tanta brutalidad como México. También se conoce esta historia: desde principios de los años ochenta hasta el día de hoy, todas y cada una de las administraciones federales han tenido como objetivo primario, y de pronto casi único, adecuar las estructuras y fuerzas del país a las necesidades del mercado global. Para hacerlo, han combatido, a menudo furiosamente, todo aquello y a todos aquellos que se resisten y no se adaptan y persiguen o practican una alternativa económica y política. En sus labores de demolición de las redes comunales y corporativas que pudieran oponerle resistencia al mercado, también han destrozado el tejido social mexicano, con dos efectos devastadores: la viralización de las violencias y la consecuente militarización del Estado. A diferencia de lo ocurrido en América Latina, aquí no ha habido pausa alguna –¡ningún freno de emergencia que detenga el tren de la ortodoxia neoliberal!–, y el escenario, cualquiera puede verlo, es desolador: pilas de cadáveres y desaparecidos y desplazados y excluidos y precarizados. Es tan obvia la catástrofe que ya ni siquiera sus operadores se atreven a defender las supuestas bondades del modelo prevaleciente. Lo que se repite una y otra vez, con maquinal disciplina, es que no hay otro modelo.

Entre las víctimas del México necropolítico y neoliberal debe contarse, entonces, la imaginación política radical. No la hay, desde luego, en las élites gobernantes, que se jactan justamente de no tenerla, de ser “realistas” y de no prometer otra cosa que la asimétrica continuación del estado de las cosas. No la hay tampoco en los grupos intelectuales –se llamen liberales, reformistas o socialdemocrátas– que asisten a esa clase política y cuya función desde hace años es menos criticar el presente que naturalizarlo –llamarle, por ejemplo, democracia al orden oligárquico existente y tachar de antidemocrático todo intento de abatirlo–. Más grave todavía es que la razón utópica es pobre entre los cuadros de la izquierda institucional, donde también impera la administración sobre la política y la gestión del presente sobre la invención del futuro. Incluso el sector más combativo de esa izquierda resulta más efectivo cuando promete un ajuste de cuentas con el pasado que al esbozar una imagen de nación futura. Prometer eso, de cualquier modo, no es poca cosa: el porvenir de México pasa hoy también por un ejercicio de investigación forense. Es necesario escarbar en el presente para identificar a los responsables, encontrar a los desaparecidos, dar nombre a las víctimas y reparar a los agraviados. Pero tanto o más urgente es la imaginación radical, la razón utópica, y ella radica en otra parte.

La razón utópica sobrevive en los márgenes: a veces de manera subterránea, como una capa del inconsciente de la sociedad, y a veces estallando con la fuerza de lo que ha sido reprimido, trayendo de vuelta ideas e imágenes que –como la de una sociedad sin clases– se habían presumido superadas. Una vez aprendidas las lecciones traídas por las derrotas de la utopía a lo largo del siglo pasado, ha llegado el momento de admitir que la pulsión utópica es, en su sentido más profundo y radical, inextinguible. Para encontrar muestra de esta vigencia, basta mirar alrededor del mundo y darse cuenta del acervo de ideas, propuestas y experiencias que apuntan hacia la utopía. Desde iniciativas locales hasta ambiciosos proyectos de transformación social, desde el zapatismo hasta la unión de comunidades kurdas, desde Boaventura de Sousa Santos hasta Erik Olin Wright, no son pocos los movimientos sociales, pensadores y activistas que pretenden demostrar en la práctica que otra política, otra economía y otra cultura son posibles.

Y es que la utopía es, en el fondo, inerradicable porque la crítica y la acción políticas resultan indisociables de unas ciertas imágenes ideales de la sociedad. El propio acto de pensar no es concebible sin la imaginación de una alteridad, de una realidad exterior a lo existente, un más allá que funcione como instigador del pensamiento. No hay verdadero pensamiento sin ideal ni crítica sin utopía. Desde hace milenios, la historia del mundo es la historia de los modos en que estas imágenes ideales se han tornado en horizontes, en expectativas acerca de las potencialidades de la sociedad que, mediadas por la crítica y la acción, se han convertido, a su vez, en nuevos campos de la experiencia. Han sido precisamente las “cosas que no existen”, que ocurrieron primero en la imaginación o en la teoría –como las ideas de “igualdad”, “autonomía”, “república” o “democracia”–, las que han fundado estos horizontes transformadores de la experiencia, insertándolos en la discusión, enunciándolos como proyectos que han terminado por convertirse –o aspiran todavía a hacerlo–, si bien parcialmente, en realidades. Renegar de la utopía es, así, negar el lugar de la imaginación, la contingencia y la libertad en la acción humana; es olvidar, también, la propia dinámica de la historia, que desde San Pablo hasta el socialismo –e incluso hasta el propio liberalismo– ha estado estructurada por sucesivas “utopías” o planteamientos ideales que han precedido u orientado el ejercicio de la política en un sentido emancipador.

Aunque se suele pensar la utopía como una “guía” –como un “faro” que es necesario alcanzar–, lo cierto es que es también una suerte de arqueología: la del reconocimiento, en el mundo existente, de espacios y momentos en los que una sociedad otra se vislumbra. Ya constituyen una encarnación del futuro, por ejemplo, aquellas comunidades en las que se vive en términos de una radical igualdad, así como aquellas actividades que escapan de las lógicas reductoras de la administración y la mercantilización y experimentan los anticipos de una vida emancipada. Porque, a pesar de sus excursiones en la imaginación, el tema de toda verdadera utopía es siempre el presente. Recuperar la voluntad utópica, imaginar escenarios de posibilidad, significa abrir el horizonte de las expectativas aquí y ahora. Si, como escribe Ernst Bloch, la función esencial de la utopía es la crítica del orden existente, entonces la intervención de las pulsiones utópicas siempre resultará imprescindible para la organización de la resistencia y la articulación de una genuina voluntad de cambio. (Por eso, la preservación del statu quo no puede ser nunca un verdadero proyecto.) La utopía es, así, siempre, una utopía concreta que involucra la voluntad y realiza el futuro desde el gesto mismo de su anticipación, en contraste con la mera fantasía de una utopía abstracta, ajena a los deseos de cambio, y que no sirve más que como una forma de compensación.

¿Dónde situar a México en esta cartografía de la especulación y la práctica utópicas? Si bien la utopía nunca ha constituido una tradición hegemónica de nuestra historia, han existido personificaciones notables de la imaginación utópica. En el siglo XVI, inspirado por Tomás Moro, Vasco de Quiroga emprendió la fundación de una serie de pueblos-hospitales que, de manera análoga a las reducciones jesuitas del Paraguay, encontraban en el nuevo territorio americano la promesa de un nuevo panorama social. Se podría afirmar que los propios “Sentimientos de la nación”, el documento fundador del espíritu insurgente, esbozados por José María Morelos, correspondían a un horizonte utópico –el de la visión de un México en el que se “proscriba para siempre” la distinción de castas, “quedando todos iguales”– que aún ahora, doscientos años después, sigue esperando su realización. A lo largo del siglo xix diversos pensadores anarquistas y socialistas, como Plotino Rhodakanaty y Juan Nepomuceno Adorno, propusieron desde México formas no alienadas de organizar la convivencia social. A principios del siglo XX las ideas y proyectos de organización alternativa de Zapata y los Flores Magón instauraron un nuevo espacio que fijó las coordenadas de la acción radical para el resto del siglo pasado. Más recientemente, el zapatismo y otras iniciativas de comunidades indígenas por la construcción y defensa de su autonomía han contribuido a la reactivación de la imaginación política. Así, desde los orígenes de “México” como entidad histórica identificable, la pulsión utópica ha constituido una suerte de tradición subterránea que ha representado la inspiración o el contrapunto de varios de los momentos esenciales de su historia.

Los doce ensayos reunidos en este libro se inscriben en esa tradición y, a la vez, en el renovado, plural espectro de las izquierdas contemporáneas. Ese espectro va hoy desde opciones que se creían muertas o irreparablemente descompuestas y que sin embargo han resurgido, como el marxismo y el keynesianismo, hasta los nuevos o reformulados planteamientos del populismo, el feminismo, la teoría queer, el aceleracionismo, el decrecimiento, el ecosocialismo, la decolonialidad, la poshegemonía y la horizontalidad. A pesar de sus enormes divergencias, todas estas visiones comparten, por lo menos, un par de principios fundamentales: la oposición a los relatos que aseguran el fin de la historia, la política y la ideología, y la certidumbre de que la radical emancipación es imposible al interior del orden actual y, por lo mismo, es obligado pensar y fundar otras formas políticas, económicas y sociales. Ante el discurso liberal y su concepción de la democracia, las libertades, la economía y el derecho, ofrecen una reinterpretación de los temas históricos de la izquierda: la equidad, la autonomía, la comunidad y lo público. De manera más profunda, las más radicales de entre estas posturas recobran la idea de posibilidad histórica, esa noción que hace operable la actualidad de la utopía, porque es lo que media entre el campo de la imaginación utópica y el terreno de la praxis concreta. Es también lo que hace posible distinguir –para rescatar otra diferencia establecida por Bloch– entre lo meramente posible dentro de las condiciones actuales y lo que puede volverse posible.

Cada uno de estos ensayos ilumina un aspecto particular del México contemporáneo: la democracia, la economía, la justicia, la cultura, el trabajo, el medio ambiente, la desigualdad de género, la desigualdad de oportunidades, las naciones indígenas, las ciudades, las migraciones y el tráfico y consumo de drogas. En su diversidad, incluyen visiones nacionales y transnacionales, estatistas y autonomistas, capitalistas y poscapitalistas, y van de la especulación teórica a la ficción literaria, de la invención de nuevas políticas públicas a la reinvención de la idea misma de nación. En su conjunto, no se proponen enunciar un programa unitario sobre el futuro de México ni, mucho menos, enumerar una serie de medidas tendientes a atenuar las irremediables asimetrías del orden actual. Lo que hacen es pensar el país a contracorriente de los tecnócratas que lo administran, imaginar escenarios radicalmente distintos a los concebidos por la razón neoliberal y explorar alternativas que rara vez –o de plano nunca– se contemplan en la discusión pública mexicana. Dicho de otra manera: practican una crítica radical del presente y señalan, desde distintos miradores, una ruta de salida.

Desde aquí es posible atisbar otros futuros. Para alcanzarlos hay que cerrar el libro, reunirse con otros cuerpos y saltar al otro lado.

Humberto Beck y Rafael Lemus

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Humberto Beck (Monterrey, México, 1980) es historiador, ensayista y editor. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y un doctorado en historia intelectual en la Universidad de Princeton. Ha trabajado como editor en Letras libres y fue fundador de Horizontal. Es autor de Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich (Malpaso Ediciones, 2017).

Rafael Lemus (ciudad de México, 1977). Ensayista y crítico literario. Ha colaborado en las revistas Letras libresLa Tempestad y Día Siete, entre otras publicaciones. Fue editor de la revista Cuaderno SalmónHa publicado los libros Informe (Tusquets, 2008) y Contra la vida activa (Tumbona, 2009), entre otros.