El Llano y las bestias. Oficio de los animales en El Llano en llamas

"El Llano y el ladrido". Fernando Lezama "El Llano y el ladrido". Fernando Lezama

Por Rodrigo García Bonillas

 

Todo lo que está fuera de nosotros lo conocemos solamente por el rostro del animal.
Rainer Maria Rilke

 

Cerca de diez mil años antes de Rulfo, hacia los albores del neolítico, en Medio Oriente ciertos grupos de hombres abandonaron sus hábitos trashumantes y fueron virando, poco a poco, hacia sociedades asentadas en tierras donde desarrollaron la siembra y la cría. Al olvidar el desplazamiento y adoptar el arraigo, la relación del hombre con la bestia sufrió un giro: de la persecución hacia la mansedumbre. El animal que antes se rebelaba fue sometido al yugo, y su vida, que tanto en uno como en otro caso entonces terminaba en el vientre del hombre, también tuvo un cambio: arrancado del ciclo de depredación, el animal doméstico, a pesar de su muerte violenta, compartiría espacio y tiempo con el hombre, y entrambos comenzarían a formar una relación de poder, cuya vertical sería dominada por el Homo sapiens, que, también por esa época, aprendió a afilar las piedras.

Poco había hecho la tecnología en el campo jalisciense, hasta principios del siglo pasado, por alterar los modos de aquel uncir. Ya fuera para vestir, para cultivar la tierra, para alimentar al hombre, para transportar, para compañía, los animales domesticados originaban poder por su calidad y su cantidad. Esas relaciones, que llamaré por ahora materiales, tienen, a pesar de su diversificación, un origen en la carne, en la búsqueda de carne que servía, en el neolítico, para nutrir.

En la obra de Rulfo, en particular en El Llano en llamas, esa relación que forma parte de la jerarquía social, del cacicazgo y de los medios de dominio, es fundamental, como detonante, para el nudo de la trama que suele ser una violencia: expolio, sacrificio, asesinato.

Por otra parte, pareja a esta línea, la del vientre, se encuentra una distinta: también esas sociedades primigenias extrajeron del carácter de cada animal una serie de atributos que formaban parte de la constelación de lo sagrado, de donde fueron degradándose. De ahí la simbología animal que se encarna, para el hombre, en ellos, nuestra otredad más próxima. Cada cultura se apropia de la tensión que establece con esa otredad cercana, de acuerdo al medio en que vive, de acuerdo a sus afinidades. En ese acercarse hacia el animal por parte del hombre, sucede una oscilación de mayor o menor compás, dentro de la cual el animal adquiere rasgos humanos o el humano adquiere rasgos animales. Esta oscilación es la base de todo bestiario. Los relatos de El Llano en llamas asocian dicha oscilación a procesos complejos de ascenso o descenso de los personajes.

El campesino rulfiano participa de ambas fuerzas. Por una parte, los ejercicios de poder entre hombre domesticador y animal domesticado, que tiene implicaciones económicas, políticas, sociales. Por otra, la transformación de facultades humanas en rasgos animales, y viceversa, a través del símbolo, brota desde la imaginación e incide en la poesía. Son dos caras de la hermandad cainita que desde hace varios milenios se ha establecido entre ellos y nosotros.  

En El Llano en llamas, el mayor o menor grado de poder y de la mayor o menor proximidad a la animalidad surge el grado de “hombría”, palabra que yo uso para señalar un centro de donde manan diversas gradaciones hacia estados más animales, siendo este centro, en contraste, la expresión del dominio del hombre y de su independencia de lo animal, con las repercusiones sociales que este dominio produce. Los siguientes son varios grados que parten desde la relación más distante entre hombre y animal —pero donde sigue habiendo un lazo que une sus destinos o que, en ausencia, los afecta en negativo— hacia una mayor cercanía. El último de estos grados es el arribo a una relación en que animal y hombre se hallan narrativamente identificados en un mismo ser, donde los límites de la hombría se han difuminado del todo para dar paso a esa unión de esencias que suele tener un sentido descendente.

Entre reptiles, insectos, aves y mamíferos, suman casi cincuenta las especies que pueblan El Llano en llamas. Pero en el Llano Grande de “Nos han dado la tierra” la fauna está casi ausente: “No, el llano no es cosa que sirva. No hay conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches […]” (Rulfo: 8). El huizache, se sabe, es planta que reseca la tierra hasta resquebrajarla y que poco nos fructifica. Más tarde, el Llano se compara a un “duro pellejo de vaca” y también, en consonancia con esta naturaleza muerta, se le llama “costra de tepetate”, vocablo este último de raíz náhuatl que aglutina la voz petatl, estera con que la gente humilde envuelve a sus muertos (Rulfo: 13). A falta de un valor económico, el usufructo del ganado o el cultivo, lo único que hay en el Llano son lagartijas que, apenas salen del hoyo, vuelven a esconderse por la tatema del sol, y zopilotes que rehúyen ese lugar donde no hay ni carroña. Aquí empieza el tratamiento irónico. Los reptiles, animales de sangre fría, necesitan de vez en cuando salir a tomar la solana. Pero hasta la muerte se ausenta de estas tierras: el eje vertical de la vida de las bestias sólo está poblado escasamente en sus extremos más lejanos: el alto aire y el subsuelo. Al alejar la presencia del zopilote, se niega la presencia de lo escatológico que sirve de engrane en cualquier proceso vital. Lo baldío de la tierra es llevado hasta su extremo simbólico cien páginas adelante, en “Luvina”, tierra oaxaqueña, muy lejos del Llano Grande: el arriero que conduce al maestro hacia allá no deja que sus animales sesteen: “Aquí se fregarían más”, dice, “mejor me vuelvo” (Rulfo: 106). En lugar de los animales, la única fuerza que actúa en Luvina es el viento, un viento animalizado que muerde y rasca, que aúlla, que escarba y bulle dentro de uno. También allí el suelo es tepetate.

Hasta ahora nos hemos movido en el plano de la ausencia. A los hombres que les dieron el Llano les han arrebatado las armas y las cabalgaduras. La única alma que los acompaña es la gallina colorada de Esteban, que trae amarrada bajo el brazo, y que desamarra cuando llega al pueblo fértil donde vuelan las chachalacas verdes y ladran los perros (los cuales, si atendemos a las líneas iniciales del libro, son los primeros seres que aparecen en El Llano en llamas). En el cotejo de las versiones de Pan y América con las posteriores, Sergio López Mena nos indica que Rulfo cambia la expresión de Esteban sobre su gallina: de “es mía” pasa a “es la mía”, y por lo tanto, a su ver, hay en la adición un propósito de señalar la unicidad del ave (Rulfo: XXXII).

En un segundo paso, varios animales de los cuentos rulfianos conducen a la muerte. A pesar de su lejanía biológica, el coincidir con las bestias da origen al accidente o al crimen (e incluso al falso milagro). Esta línea es tangible en el becerro golpeado que defiende Justo Brambila (“En la madrugada”), cuya defensa frente al maltrato de otro Esteban, el viejo Esteban, desemboca en un crimen nebuloso que sucede a hora nebulosa y durante el flujo de la embriaguez. Otro animal, pero en “La cuesta de las Comadres”, sin querer pone fin al expolio del cacicazgo de los hermanos Torrico (apellido que acaso quiera decir “pequeña torre” y, por consiguiente, “cacique pequeño”). La venta del chivo para comprar una frazada le reditúa unos centavos al narrador, dinero que, erróneamente, será tomado como móvil del asesinato de uno de los Torricos, crimen que a su vez querrá vengar el hermano que aún vive, con el resultado sabido: la aguja de arria con la que el narrador cose los hoyos que el chivo le dejó al costal donde lo cargaba es el arma que entierra en el último de los Torricos. En el negocio hubo mano de la fortuna: la pérdida del chivo propicia un malentendido y al final una resolución benigna para el narrador, y para toda la Cuesta de las Comadres, al otorgar, con su ausencia y con los hoyos que deja en el costal, oportunidad para que la aguja esté a la mano y se pueda asesinar al último Torrico. En el caso de Juvencio Nava (“Diles que no me maten”), como en el del asesino de Juan Nepomuceno, padre de Rulfo, según nos informa Alberto Vital en su biografía (Vital: 31-33),  un pleito por tierras donde puedan pastar los animales desemboca en un asesinato: el de Lupe Terreros, cuyo hijo, muchos años después, ajustará cuentas con el asesino de su padre. Pero aquí, como Juvencio recuerda, “[los animales] son inocentes” (Rulfo: 94).

El papel de escollos que, para algunos personajes, con independencia de su culpa o su inocencia, significan los animales al ser eslabones de un fin trágico, contrastan con el oportunismo del Niño Anacleto (“Anacleto Morones”). Gracias a poder estarse un buen tiempo sobre un hormiguero sin que sea picado por las hormigas, dizque por haberse mordido la lengua todo ese tiempo y, luego, por traer una astilla de la Santa Cruz, Anacleto consigue la primera admiración por parte de los peregrinos, la cual irá creciendo hasta atribuirle poderes milagrosos (“morón” es un montecito de tierra, como la parte superior de un hormiguero; irónicamente, tras morir, Morones estará enterrado en el corral de Lucas Lucatero bajo un montón de piedras).

Hasta aquí los animales han estado ligados, incidental o accidentalmente, a las trayectorias de los hombres. Vayamos, con Rulfo, un paso más allá. A veces en la relación hombre-animal surge tal cercanía que las fuerzas que operan en uno de ellos repercuten, por contagio, en el otro. Estamos ante una relación simpatética donde, por ejemplo, la pérdida de una vaca es la pérdida de un futuro promisorio. Tacha se llama la jovencita de “Es que somos muy pobres”. Hipocorístico tal vez de Anastasia, la mujer lleva en el nombre —que en algo nos recuerda al cuento de Efrén Hernández, mejor amigo de Rulfo— la mácula que recibirá al perder a la bestia. Hay aquí una parte de lo que yo identifico como “hilo lácteo”, perteneciente a cuatro o cinco cuentos de Rulfo. En este hilo se trueca, por esa relación contagiosa a que me refiero, la leche nutricia en lodo, sangre o en falsa alimentación que encubre una situación viciosa. Más allá de la obvia relación entre la riqueza y la vaca Serpentina (no hay que descartar el peso bíblico del nombre y su repercusión por la caída de la mujer), la pérdida de la fuente de leche corresponde con que el llanto de Tacha se ponga sucio, idéntico al río enturbiado que se llevó a su vaca. Hacia el final, los pechos le respingan: pero sus pechos no respingan por fertilidad, como los de la vaca, sino porque su cuerpo, de ahora en adelante, será para el fornicio. Como dice el hermano, Tacha se hará “piruja” (Rulfo, 28): sus pechos no servirán para amamantar su descendencia.

Asimismo, el hilo lácteo aparece en “Macario”, y también ahí existe esa relación simpatética entre la naturaleza y los humanos, vínculo torcido, quizá perverso. Una palabra punzante del relato es obelisco, ese árbol cuya flor también recibe el nombre de tulipán y cuya miel, para Macario, sabe igual de sabrosa que la de los pechos de Felipa, leche que ni la de chiva ni de puerca recién parida pueden igualar. La similitud entre el nombre de la flor, que por asociación contiene lo puntiagudo y lo hermético de los monumentos egipcios de piedra, y el pezón de Felipa se inserta en la divagación del niño, quien está ahí con el propósito de matar ranas. Macario, que se acerca a Felipa por la leche que le chupa, mientras otorga a cambio la saliva untada en las nalgas cuando a ella le pica un alacrán, forma parte del hilo lácteo a causa de la aparente nutrición que emboza una relación erótica. La presencia de tópicos infernales en este cuento se corresponde con los animales que lo habitan: en la primera página se repiten diez veces las palabras “rana” y “sapo” dentro de ese monólogo reiterativo, casi hipnótico, con que Macario nos atrapa. También hay otro animal: el gato, cuyos ojos, según el niño, son iguales a los de Felipa (los de los sapos son negros, como los de la madrina). Más tarde, a estas especies —la rana, el sapo, el gato—, que de suyo son lunares, infernales, femeninas, engarzadas simbólicamente en lo oscuro y que según el imaginario forman parte de la brujería, se suman las alimañas: grillos, cucarachas, alacranes. Los grillos nos invaden con su barullo porque, según Macario, opacan los gritos de las almas del Purgatorio.

Hay otros dos eventos en el hilo lácteo (y uno tercero al que no me referiré porque Rulfo lo anuló de la versión final). Aparecen en “El hombre” y “En la madrugada”. Recordemos que el becerro que detona la pelea entre don Justo Brambila y el viejo Esteban ocasionó la cólera de este último por haber mamado de más las ubres de la vaca, su madre. Leche y alcohol desembocan, por correspondencias muy significativas, en la sangre del becerro y de don Justo. En el caso de “El hombre”, sucede como parte de un proceso que nos conduce al último punto que nos ocupa: la animalización. El hombre, que ha matado a toda la familia de su perseguidor de una vez, sufre, con el crimen, una modificación: pierde su humanidad y poco a poco va convirtiéndose en bestia. El íncipit señala la caída: “Los pies del hombre se hundieron en la arena dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de algún animal” (Rulfo: 31). De ahí surge uno de los dos o tres guiños del título: el “hombre” ya es un animal. Cuando el borreguero lo mira por primera vez, el hombre está desnudo en el río, y simbólicamente hace un paso por el agua como en los ritos de nacimiento. Esa desnudez de recién parido, que se acompaña con una especie de orfandad, es secundada por la escena en que el hombre bebe agua sucia de un charco, donde nadan ajolotes, signo de ambigüedad anfibia en estado de larva. Tras su primer contacto con el borreguero, el hombre le chupa las ubres a una de sus borregas, y de este modo, siendo alimentado en su vida nueva por una bestia nodriza, empieza su caída hasta que muere baleado, con el rostro contra las piedras del río. Para llegar a ese punto, el hombre transitó por comer, como las hormigas arrieras, la carne corrupta de un animal enfermo que murió calcinado por un rayo, carne prohibida al hombre sano. Finalmente, una pérdida de hombría es, desde el crimen, haber matado a gente indefensa. Todo eso lo relata el borreguero, que para entonces, antes de ser incriminado por supuesta complicidad, ignoraba el crimen del hombre, pues, le dice a la justicia, en el cerro no tiene con quien hablar y “los borregos no saben de chismes” (Rulfo: 39).

Hay varias degradaciones de tenor similar. Los hombres, rebajados de su “hombría”, concepto que en el dominio de los animales corresponde con el caballo vigoroso, se descubren de pronto metamorfoseados en bestias. Juvencio Nava, el asesino de “Diles que no me maten”, desde su crimen se hace montaraz: no vuelve a comer carne y se alimenta, como su ganado, de la yerba ajena, de verdolagas. El viejo de “No oyes ladrar los perros” lleva en la espalda a su hijo. Poco a poco adquiere los rasgos de una bestia de carga débil: tiene ijares, en los cuales siente las espuelas, y se va derrengando como los caballos, y va teniendo corvas, y las manos de su hijo se vuelven una especie de brida contrahecha, y al final se descoyunta. El Euremio chico de “La herencia de Matilde Arcángel”, en el momento de provocar con su llanto la muerte de su madre, berrea como un “tecolote”, ave asaz funesta, y espanta al caballo, con lo que desgracia su vida (Rulfo:155). Tanilo, el moribundo de “Talpa”, que además de moribundo es marido cornudo, engañado por su esposa y su propio hermano, también está desprovisto de esa hombría y sumido en la humillación: no llega a bestia montaraz, ni a caballo feble. Deja, cuando pasa, “un olor agrio como de animal muerto” (Rulfo: 56) y, en una confusión entre la vida y la muerte, al morir parece roncar, y ese ronquido está formado por el zumbar de las moscas azules que emanan de su boca.

Aquí los animales han dejado de ser mercancía o, como la mayoría de los pájaros —tordo, tildío, golondrina, cuervo, chachalaca, lechuza, somormujo, guajolote—, esencias ambientales. Tan abajados están los hombres por su descenso, que el ruido de los perros o de las moscas azules se los tragan.

Ese plano, que se manifiesta en el nivel narrativo, adquiere otra textura en la lengua. Los apodos de los revolucionarios del Llano —Perra, Pichón, Zanates, Chihuila— son, como ya se ha dicho, nombres de animales. Refranes y símiles, vivacidades de la lengua popular, aparecen por aquí y por allá. Las mujeres de Amula que van a ver a Anacleto Morones son, con resonancia, muy “mulas” (además, por derivación, estériles); Pedro Zamora le puede “picar la cresta” al gobierno; y una mujer recibe por apodo la Torcacita. Las lúgubres mujeres de Luvina hacen un murmullo que al narrador confunde en un principio con ruido de murciélagos. No hay que ser muy ducho para intentar aplicar aquí varios de los tópicos que Bajtín trata en cierto libro. Pero con Rulfo el asunto es algo diferente. El juego del torito, por ejemplo, otro aparente caso de carnavalización, de degradación y de ludismo escatológico, no desemboca en un renacimiento. No hay motivos salubres tras esa inmersión en el barro. Salvo en algunas líneas de “Anacleto Morones” y de “El día del derrumbe”, la muerte aquí no está embarazada ni trae carcajadas en la boca. Esa lejanía de los animales redunda en una cercanía trágica, que a su vez conduce a una parálisis como la de aquel hombre que está un poco más allá, Juan Preciado.

En El Llano en llamas se entreveran —tan finamente que casi no es posible aislarlos— los hilos que responden a la dominación del animal por el hombre y los hilos que enhebran el carácter humano con el de las bestias (sin tocar el extremo del ethos en el Bestiario de Arreola). Por muda, esa zoología de cincuenta bestias puede pasar inadvertida. No obstante, si se pulsa la mayoría de los cuentos de Juan Rulfo a partir de su actuación concreta y simbólica, vemos que, salvo en los contados casos donde su ausencia es obstáculo para la salvación, la presencia de los animales está aparejada, a pesar de su inocencia, al ciclo de catástrofes por voluntad o por accidente que rige la mecánica de Rulfo. Estas catástrofes pueden llegar a ser, como en el caso del asesinato de los Torricos, no del todo negativas en su valencia, pero por lo general desembocan en lodo, en sangre, en noche, en polvo, Comala.

 

animales
“El Llano y el ladrido”. Fernando Lezama

 

 

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BIBLIOGRAFÍA

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