¿Qué ha quedado de la propiedad intelectual?

Barrón

José Francisco Barrón Tovar

El derecho de autor es un efecto político producido en condiciones tecnológicas en donde aún parecía poder protegerse algo como inmodificable. El día de hoy se mantiene gracias a fuerzas institucionales en condiciones de su imposibilidad práctica. (1)

Discursos

Parecería una obviedad afirmar que los pensadores críticos a las formas de la modernidad hubieran dejado de lado en sus labores teóricas lo que ahora llamamos copyrigth, derecho de autor. Habría problemas más importantes, se dice. Se ha defendido que esto ha acontecido porque no implica un problema mayor o bien determinante en la producción y reproducción del saber en nuestras sociedades. Se trataría de la expresión de otras lógicas. La producción y difusión del saber se encontraría sometida a la economía, al Estado o a la administración. Tratar de abordar la cuestión filosóficamente sólo terminaría, parece que es costumbre afirmar, en un análisis de la propiedad de los medios de producción y de las formas institucionalizadas y normalizadas de transmitir el saber. Cuando mucho en un análisis de la ideología. No se dice más. El derecho de autor es una máscara de la ganancia, el control o la explotación. (2)

Y si ese es el paisaje en ciertos discursos usuales, existen otros emergentes que tienen una prisa interesante por tratar de demostrar que hay un  problema en la producción y difusión tecnológicas del saber. Habría, según estos, un problema político y humano. Se jugaría actualmente cierta forma de la democracia o de la creación colectiva del saber en las tecnologías digitales. Habría un peligro, según los defensores del procomún o en los defensores de los mecanismos tradicionales de transmisión del saber, en una supuesta apropiación y reducción del saber que se llevaría a cabo en las tecnologías digitales. La destrucción de la diversidad de las lenguas, la recolección cibernética de información personal de los usuarios de redes sociales, el control y manipulación de gran cantidad de información usando lenguaje computacional, según estos discursos, implica control de memorias y de un potencial creativo. Tirar el derecho de autor es una consigna para estos discursos, pues se trataría de una forma de apropiarse de saber público. Lo que se deja de lado es el carácter tecnológico del derecho de autor, su técnica, digamos. Y no sólo de los mecanismos editoriales o académicos. Afirmo que lo que se echa en falta allí es un frío diagnóstico filosófico de la cuestión de las condiciones tecnológicas de ejercicio del derecho de autor, y ya no en relación de las valoraciones o efectos que podríamos afirmar como deseables o nefastos. Tal vez eso permitiría lo que ansiamos.

Eso que podemos llamar revolución

Se podría suponer que una de las más claras caracterizaciones de lo que podríamos concebir como acción revolucionaria sería la transformación de las relaciones de propiedad. Para Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, las potencias tecnológicas modernas modifican las condiciones históricas de producción y distribución en las que se ejercitan el pensamiento y la escritura. (3) El incremento de las potencias tecnológicas tendría para nuestra contemporaneidad, según Benjamin, una “oculta significación política”. (4) Es tal el ejercicio del pensamiento de Benjamin que resulta “difícil clarificar con precisión”, (5) viéndonos así en verdaderas “dificultades para definir” (6) esa significación política que conllevan las potencias tecnológicas. Y es que lo tecnológico —o reproductibilidad técnica, como lo llama el pensador alemán— ocasionaría determinados efectos en la producción de los discursos que alterarían toda forma tradicional y usual de gestionarlos. Se puede hacer una lista de esos efectos:

• Para Benjamin lo que produce la reproductibilidad técnica es la imposibilidad de practicar algo como intocable o sagrado —práctica, objeto, obra—. Eso que llama el aura sólo es el último resabio de condiciones tecnológicas en las que no era posible modificar hasta el final un objeto u obra. Las condiciones tecnológicas actuales se han modificado en un determinado sentido: por primera vez en la historia de la humanidad es posible producir tecnológicamente hasta en los mínimos detalles un acontecimiento.

• Esa condición de alteración tecnológica radical de cualquier cosa se encuentra en una estrecha articulación con la multitud. El funcionamiento de una colectividad se alteraría de una aceptación a lo dado hacia un cierto “comportamiento adelantado” (7) que reniega de las jerarquías de saber y de  experiencia —ataque directo a los mecanismos de transmisión y producción de saber que defiendan la figura de un experto o sabio—. A la par de que las potencias tecnológicas aumentan se vuelve practicable para las colectividades sin mecanismos jerárquicos.

• Las potencias tecnológicas articuladas con los mecanismos colectivos producen para Benjamin una destrucción afirmativa de la tradición. Todo mecanismo de transmisión de la memoria o de las costumbres que se ejerza bajo la manera de la tradición deja de funcionar, “se marchita”. (8) Y como hasta el día de hoy la tradición sólo transmitía las jerarquías —políticas, sociales, institucionales, vitales— como algo intocable, pues esto se derrumba igualmente.

• Como ni la obra, ni la relación con ella quedan intocadas, con la tecnología se destruye fácticamente, según Benjamin, el ejercicio de su propiedad. La copia aparece. Y en lugar de la valoración a una cosa original, una “aparición masiva” (9) ocupa su lugar. Una propiedad múltiple en copia es lo que permite ejercerse con la tecnología. Imágenes con regímenes de propiedad múltiple en lugar de una cosa apropiada por alguien y nadie más. Para poner en escena conceptual estos efectos, Benjamin se niega a usar “un buen número de conceptos heredados como ‘creatividad’ y ‘genialidad’, ‘valor imperecedero’ y ‘misterio'”. (10) Tal es la oculta significación política de la tecnología  contemporánea. Que Walter Benjamin se niegue a usar tales conceptos para pensar, significa que se han vuelto inoperantes en las condiciones tecnológicas contemporáneas. Y a la par que esos conceptos se marchitan, las instituciones y prácticas que hacen uso de ellos para conformarse se derrumban.

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Walter Benjamin, autor de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.

Lo que se derrumba

Instituciones, discursos, empresas, institutos, academias, prohibiciones, leyes, configuran la constelación de lo que llamamos aún hoy derecho de autor. Estos usan ciertos conceptos sacralizados en la práctica para legitimarse: expresión original de ideas, propiedad moral por parte de un autor creador de la obra, perennidad cultural y humana de la expresión salvaguardada por instituciones. Repitamos: exactamente los conceptos que salvaguardan y elaboran el derecho de autor son los que según Benjamin se han vuelto inoperantes en nuestras condiciones tecnológicas. Nosotros podemos experimentar efectos en nuestras relaciones con las obras protegidas con derechos de autor:

• Tenemos un deseo y una tentación irresistible de alterar los textos y obras. No poder mantener una creación cultural segura. Todo texto se encuentra siempre en peligro de que lo modifiquemos usando la tecnología. Modificar las obras para intervenirlas.

• La institución académica y editorial se han arrogado la tarea de salvaguardar las formas de transmisión del saber que necesitan la figura del autor. Coloquio sobre el libro y sobre la creación construyen una muralla mágica que busca defender lo que no pueden tecnológicamente.

• La institución escolar tradicional prohíbe, con el uso de la fuerza o el castigo, a los estudiantes ciertas prácticas que hacen posibles la condiciones tecnológicas (cortar-pegar, uso de dispositivos móviles, difusión de materiales).

• Lo que antaño llamábamos creación u originalidad en el arte es ahora sustituido por las citas pegadas, el collage, el mashup. Más que creación original, las prácticas que llamábamos artísticas antaño han devenido ciertos procedimientos técnicos. Producción en lugar de creación. Pero, ¿cómo puede hoy aún mantenerse el derecho de autor? Por pura fuerza política. Ninguna figura de autor o de creación genial, ninguna ley o casa editorial nos persuadiría de no modificar un texto. Y ningún candado tecnológico lo es.

El problema

Los discursos emergentes han argumentado que echar abajo el derecho de autor implica un problema democrático. Los discursos de izquierda clásicos que se trata de un instrumento para enarbolar la propiedad privada, la ganancia y la ideología burguesa. Ambos discursos evitan discutir la parte tecnológica que configura su funcionamiento. Ninguno valora el hecho de que sea o no posible. Y parecería que en las condiciones tecnológicas reinantes actualmente ya no es operante. Al menos eso es lo que nos permite decir el pensamiento de Walter Benjamin.

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(1) En su libro ¿Qué fue de los intelectuales?, Enzo Traverso afirma que los derechos de autor sirvieron en el siglo XIX para permitirle sobrevivir a los intelectuales en una época en que comenzaban a dominar las formas de producción el mercado capitalista. Así la Société des gens de lettres fundada en 1838, por Víctor Hugo, Balzac, Dumas entre otros como organismo de vigilancia de la creación intelectual. Traverso afirma: “El mercado es, en ese momento, un vector de emancipación de los intelectuales. […] quienes compran un libro o un diario le permiten al intelectual vivir de su pluma gracias a los derechos de autor” (¿Qué fue de los intelectuales? Trad. de María de la Paz. Buenos Aires, Siglo XXI, 2014, p. 21). Una constelación histórica en la que la tecnología debía atenerse al mercado, la cultura, el proyecto ilustrado de educación, la figura del escritor, el negocio editorial parece alterarse.

(2) Puede revisarse David García Aristegui. ¿Por qué Marx no habló de copyright? Madrid, Enclave, 2 2014 y Joost Smiers. Un mundo sin copyright. Artes y medios en la globalización. Trad. de Julieta Barba y Silvia Jawerbaum. Barcelona, Gedisa, 2006.

(3) Jacques Derrida afirma en Universidad sin condición (Trad. de Cristina Peretti y Paco Vidarte. Madrid, Trotta, 2010) que en las condiciones tecnológicas actuales los intelectuales pueden ejercer su profesión sin necesidad de una institución editorial o una universitaria que filtre y seleccione su palabra. Publicar y difundir pensamiento, ejercer crítica publicamente parece poder potencializarse con las tecnologías digitales. Las potencias tecnológicas digitales rearticularían las relaciones de la crítica o del ejercicio intelectual que se había conformado desde la Ilustración.

(4) Walter Benjamin. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Trad. de Andreas E. 4 Weikert, México, Ítaca, 2004, p. 58.

(5) Walter Benjamin. El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán. Trad. de J. F. Yvars y Vicente Jarque. Barcelona, Península, 1995, p. 89.

(6) Walter Benjamin. “Sobre algunos temas en Baudelaire”en Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos. Trad. de Roberto J. Vernengo, México, Origen-Planeta, 1986, p. 90.

(7) W. Benjamin. La obra de arte…, p. 82.

(8) Ibidem. p. 45

(9) Ibidem.

(10) Ibidem. p. 38.

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Francisco Barrón es ensayista y profesor de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.